He sido fiel defensora durante toda mi vida de los beneficios de la “soledad elegida”, enmarcándola en el fiel de la balanza de ese equilibrio que necesitamos los humanos para que no nos invada el desaliento. Así las cosas, lo de “más vale solo que mal acompañado” me ha parecido una frase poco real porque no siempre es verdad. Define, “mal acompañado” y define, “soledad”. Suele ocurrir que, en nuestra soberbia egocéntrica, no tenemos rubor alguno en juzgar al otro y encorsetarle los defectos que le hacen ser una “mala compañía”, excluyéndonos los que también formamos parte de la ecuación.
Cada uno tiene sus propias soledades; algunas instaladas en lo más íntimo del corazón; otras hablan con la televisión o con la mascota, en ausencia de ser humano alguno en kilómetros a la redonda. No siempre quien está rodeado de gente es feliz. No siempre quien está lejos de la gente encuentra su camino. Digamos que tiene que haber un equilibrio, si es posible en el porcentaje óptimo y adecuado. Algo así como saber la proporción idónea en un café con leche o entre el ruido y el silencio. Pero, obviamente, esto no son más que teorías archiconocidas, pero que solo los insistentes pueden llevar a buen fin.
Personalmente, y después de muchos lustros intentando gestionar el tema de cuándo mi soledad es elegida o me ha sido impuesta, atravieso un tiempo vital en el que estoy algo desorientada, como si me faltaran un alfil y una torre en la partida de ajedrez que juego contra el destino.
Pasan los años y no hay compensación entre lo que se llevan y lo que traen; eso de la sabiduría y la paz interior está muy bien leerlo en los libros o en las galletas de la suerte, pero a la hora de la verdad, es más duro que ir todos los días al gimnasio a hacer pesas cuando ya estás jubilado. La entelequia aristotélica o algo parecido que nunca consigue la realización.
Los años se han llevado a mi familia: a mis padres por ley de vida y a mis dos hijas, con nietos y yernos, a ciudades lejanas donde hacen con su vida lo mismo que yo hago con la mía: intentar ser lo más felices posibles. Los años –y la Parca- también se han llevado a parejas sentimentales a otros corazones o a otros lugares de confort, unos más tranquilos y otros igual de solitarios. Los años se llevan ahora a los amigos que emprenden el camino en dirección irrevocable hacia el cementerio. Otros, hacen “gosthing” de la forma más cobarde y abyecta.
Y un buen día te das cuenta de que tanto silencio y tanta soledad y tanta no-dependencia no es más que un constructo social que nos lava el cerebro para que aceptemos que los hijos “tengan su vida” y nosotros no formemos parte de ella; para que nos animemos a socializar previo pago de las mil ofertas que el marketing vende a los adultos mayores; para que emprendamos, como si fuéramos “emprendedores de última generación” el último tramo del viaje de la vida pagando “suplemento habitación individual”.
Mi familia de origen, fallecida mi madre en 2019 y mi padre muchos años antes, de mis tres hermanas y mis cinco sobrinos sé lo justo e incluso menos que lo mínimo. Una de las hijas de mi madre, curiosamente, incluso viviendo en el mismo barrio de nuestra pequeña ciudad, ha decidido no seguir manteniendo relaciones de fraternidad o sororidad. Las otras dos, como viven lejos, utilizan el comodín de la distancia, aunque –afortunadamente- con una de ellas sigue tendido el puente del cariño que nunca hemos dejado de tenernos. Excepción generosa y remarcable es la de un primo carnal de mi madre con quien sigo compartiendo el cariño de toda la vida a pesar de la diferencia de edad que nos une más que separarnos.
Luego están los amigos, claro está. Pero estos conforman solo una parte de mi vida, poco porcentaje quiero decir, porque ellos y ellas tienen sus propias familias e intereses y así lo priorizan. La amistad nunca ha sido prioridad sobre la familia, así nos lo han enseñado, aunque luego sean los amigos los encargados de ayudar con los traumas provocados por las familias, qué cruel paradoja…
El problema es que yo creía que gestionaba bien la soledad “elegida”, pero el resultado no es positivo, pues se va descompensando a pesar de la renuencia que invierto en ello. Miro mi agenda y tan solo algunos días puedo compartir el tiempo, la vida, la conversación con otros seres humanos. El resto, mal que bien, me busco la vida y procuro no olvidar que debo dar gracias por lo que todavía tengo en vez de andar lloriqueando por las esquinas por lo que me falta.
Qué buena suerte la mía que me gusta leer buena literatura, el cine, pintar cuadros, escribir pensamientos, escuchar música y cocinar cosas ricas…aunque lo haga en soledad.
Qué buena suerte la mía que no me duele nada o casi nada de un cuerpo en franca decadencia… y no doy la tabarra a nadie.
Qué buena suerte la mía porque llego a fin de mes y no tengo que depender de mis hijas o de las ayudas sociales…
Qué buena suerte la mía que soy la típica “mujer coraje” que aún tiene fuerzas para afrontar la vida e incluso disfrutarla… sola o en compañía de otros.
Por eso, para que no me pillen las sombras de “la negra” ni de la tristeza, ando siempre huyendo hacia adelante a una velocidad impropia de mi provecta edad. Pero ya se sabe: a grandes males, grandes remedios. En ello estoy.
Felices los felices, malgré tout.
LaAlquimista
Te invito a visitar mi página en Facebook.
https://www.facebook.com/apartirdelos50/
Por si alguien desea contactar:
apartirdeloscincuenta@gmail.com