Ahora que ya tengo compañía para irme por ahí “a pasear” –me refiero a mi nuevo “Conejito Jr.”-, en unas horas saldré de casa, dejando las plantas regadas, el frigorífico vacío y la alarma puesta, en dirección a la capital del reino para embarcar en un avión que nos llevará a exactamente 10.418 kms. de distancia; trece horas del tirón contenta y feliz porque la ilusión atempera cualquier cansancio.
Siempre digo que el día en que ya no tenga ni ganas ni fuerzas para arrastrar mi “maletronco” por los aeropuertos del mundo, ese día, pues ya está. Adopto un perro y a pasear por el barrio, aunque si todavía puedo conducir igual me dedico a sacarle chispas al coche que lo uso poquísimo. Llevo años diciendo lo mismo y, de momento, me salvo por la campana de todas las “goteras” que me han caído encima, que no se me olvida el año que estuve tirando de bastón y muleta por culpa del trocánter y demás miserias que prefiero no recordar. Tan solo indicar que he pasado por quirófano un par de veces y que me he salvado por la campana de varias pejigueras importantes y que para dormir siete horas no me queda más remedio que esforzarme cada día por mantener la conciencia tranquila, lo que cuesta mucho más de lo imaginado.

Me voy en plan huida, como siempre. Acostumbrada desde hace unos años a no tener con quien viajar, me acoplo a pequeños grupos de viajeros que se apuntan a “aventuras tranquilas” y, de paso, conozco gente, hablo todos los días con seres humanos, comparto mesa y mantel y, si lo necesito, me voy por ahí en plan verso libre a darme una vuelta. Porque la verdad es que ya no me atrevo a viajar sola con el pasaporte en la boca como hice hasta hace bien poco; ahora prefiero sentirme protegida dentro de un amable rebaño, con pastor colegiado incluido si es posible. Es lo que tiene la mucha edad: que te entran el juicio y la prudencia de golpe.
Curiosamente, a pesar del horrible panorama mundial, las agencias de viajes siguen operando para salvar la Cuenta de Resultados, así que con un guía al que conozco desde hace muchos años, gran profesional al que aprecio en grado sumo, y junto con una docena larga de viajeros a los que todavía no he visto la cara, me voy “a dar una vuelta” de casi tres semanas por Hong Kong, Taiwán y las islas de la Micronesia, que por cierto, las he tenido que buscar en el mapa.
Tres semanas sin leer un libro, ni ver una película, ni pasear por La Concha, pero viviendo experiencias que me han de confortar y compensar de la parte no deseada de mi soledad. Porque como decía mi amona Julia: “Si la vida te da limones, haz limonada”.
Felices los felices y espero que haya wifi por doquier.