De vuelta de Micronesia hay que hacer parada y fonda en Taipei de forma y manera que el regreso a España no se convierta en una maratón de aeropuertos y aviones y también para conocer un poco más esta ciudad de 2 millones y medio de habitantes. 
Planeamos una excursión fuera de programa para visitar el magnífico templo de Longshan que es una maravilla dentro del culto budista, aunque no represente el “budismo puro”.
Las ofrendas son muy curiosas: una bolsa de patatas fritas de medio kilo, galletas de chocolate y diversos snacks que van desapareciendo poco a poco según los retiran personas que aparentemente tienen necesidad de ello.
Que no se me olvide recalcar la magnificencia de estos templos orientales, bien sean dedicados a Buda, Lao Tsé o Confucio. Sus colores vivaces, el arrullo del incienso, la fragancia de mil orquídeas y otras flores, todo está pensado en acoger al que viene a rezar, cada uno a su manera.
También nos acercamos a una Casa histórica de gran fama de nombre Lin An Tai, de más de 200 años de antigüedad, perteneciente a un ricachón de la época y que nos permite atisbar la vida doméstica…de los pudientes, porque la de los otros sigue ocultándose a la vista del espectador.
Son visitas tranquilas con una temperatura agradable en comparación con la de las islas de Micronesia y bien que se agradece escaparse por fin de la humedad y del calor sofocante.
El hotel en el que nos alojamos en Taipei –a la ida y a la vuelta- es la cosa más loca que he visto en mi vida. Diseñado por un arquitecto al parecer muy cuestionado, según entras en la habitación te tropiezas con una bañera circular. Después está el WC –de esos con chorrito de agua caliente y propulsión de aire- en un cuartito aparte. En medio de la habitación, el lavabo con un gran espejo… y al fondo a la izquierda una cama de casi tres metros de ancho.
La cosa preocupante es que todo está en penumbra y hay un juego de 16 botones para ir encendiendo estratégicamente la docena larga de luces si no quieres dejarte las espinillas y darte de morros contra los muebles. Las luces tienen sensores de movimiento, lo que quiere decir que si te mueves mucho en la cama, se encienden las del techo… esto es un capítulo pesadillesco aparte. Amén de jugarte la vida para entrar y salir de una bañera de 60 cm de altura; nunca había sido tan consciente de los peligros que tiene la higiene. No hay ducha.
En fin, hoy es un día un poco de locos… que va marcando la recta final de mi viaje. No obstante, no me he roto nada, no me duele nada, no me quejo de nada…
Felices los felices
LaAlquimista
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