Y nos vamos yendo hacia Occidente que es donde tengo mis raíces. Pero como el avión en el que comenzará la vuelta a casa no despega hasta media tarde nos da tiempo para visitar el edificio de una antigua
fábrica tabacalera se resiste a morir en el centro de Taipei, reconvertida en centro de ocio, exposiciones, jardines, comercios y oficinas. Algo parecido ocurrió en mi ciudad –San Sebastián- y llevan años sin saber cómo gestionar positivamente el asunto. 
Cierre del periplo. Visitamos de nuevo el rascacielos Taipei 101, 508 m de altura y 101 pisos… el más grande del país desde el año 2004 y degusto la última comida taiwanesa en –espero- mucho tiempo porque ya está mi cuerpo acusando la ausencia de la vitamina J , la vitamina P y la vitamina T (jamón, pescado y tortilla de patatas).
Para cerrar el círculo del viaje, primero hay que ir a Hong Kong -dos horas desde Taipei-, y allí tomar un vuelo directo a Madrid, que entre pitos y flautas, esperas en el aeropuerto y el retraso que parece que todas las compañías del mundo tienen que dar a sus aviones, sumaré la nada despreciable cantidad de 34 horas, siendo el vuelo más largo de 14 horas y media.
Haciendo tiempo en el aeropuerto, paseando arriba y abajo para estirar las piernas antes de la inmovilidad obligada que se aproxima, descubro al final del último pasillo la zona de “culto religioso”, con tres pequeñas estancias a modo de capillas donde los viajeros que lo necesiten pueden depositar sus cuitas en forma de oración. Tiene su cosa; igual es para los que padecen de aerofobia.
Y luego a pasar el jet lag que nunca es moco de pavo, pero se compensa con dormir en mi cama, acariciar mis plantas y volver a despertarme todos los días a las 5:20 de la mañana con el traqueteo del tren/topo que pasa por debajo de mi casa.
Llegaré feliz y cansada, si el destino no dispone otra cosa.
Mientras tanto felices los felices y a ver qué me dice “mi MAR”. 
LaAlquimista
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