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Cecilia Casado

A partir de los 50

Vuelta a casa muy ajetreada

Cuando llegué a mi dulce hogar a las cuatro de la tarde de ayer, o de antes de ayer, vaya lío que llevo, lo primero que hice fue ponerme a cantar de contenta. Y aliviada.

¿Alguien sabe lo que es “la gota malaya”? Pues algo parecido me tocó en el viaje de 14 horas y media desde Hong Kong hasta Madrid, compartiendo fila de tres asientos -yo, pasillo- con una pareja quienes desde las dos de la mañana y hasta el aterrizaje, me pidieron “amablemente” que me despertara y me levantara para dejarles salir de sus asientos para: ir al WC -4 veces-, estirar las piernas -2 veces-, e ir al office del staff para pedir zumos y diversos snacks una vez más hasta que les pedí que me cambiaran de sitio o se durmieran de una vez.

Cuando viajo en avión pido pasillo para NO TENER QUE MOLESTAR a mis compañeros de fila, entendiendo que prefiero que la molestia caiga sobre mí y no sobre los demás. Pero hay gente que se pasa, no es de recibo pasarse la noche en un avión sin intentar dormir y dando el coñazo a los demás.

Así las cosas, cuando aterrizamos yo era un zombi en toda regla. No únicamente por haber estado en posición momia durante las larguísimas horas del vuelo, sino porque el “vecino de al lado”, un joven que podría haber sido mi hijo, ocupaba con sus piernas abiertas parte de mi espacio, con sus brazos en posición “vuelo” me empujaba poco a poco hacia el abismo del pasillo por el que corrían como gacelas, levantando aire y polvo, las azafatas hongkonesas que no pararon en toda la noche de hacer largos como en las piscinas municipales.

Qué asco terrible el olor a salchichas con soja a las cinco de la mañana para darnos un desayuno que no darían en la cárcel a sus presos políticos, si es que los tienen.

Qué terrible sadismo usar aviones con asientos para gente de la talla 36 en vuelos de miles y miles de millas, donde te retuerces como Houdini encadenado, entre el cinturón de seguridad, la mantita, la almohadita, la botellita de agua, la bandeja que se te cae encima y parte del equipaje de mano en el suelo, entre tus piernas o las del de delante, sin poder estirar la envergadura ósea como no sea poniéndote de pie.

Qué angustia utilizar unos baños en los que para cerrar la puerta tienes que ponerte de perfil y “acomodarte” en la taza del WC es toda una tarea de dificilísimas contorsiones y ya no digamos las aventuras prodigiosamente higiénicas o anti-higiénicas que hay que emprender para evacuar con un mínimo de dignidad humana.

Me pasé toda la noche entre los sobresaltos de las turbulencias, los movimientos de mis vecinos y el pensamiento de que voy a empezar a ahorrar ahora mismo para viajar la próxima vez en clase business. Aunque tenga que comer salchichas con puré de patatas y huevos fritos y sopa de sobre durante los próximos seis meses.

Una vez en tierra, que no besé como hacía aquel papa por no llamar la atención, agarré mi “maletronco” -abollado una vez más- y me metí en la cinta esa transportadora que te ayuda a recorrer el kilometraje desde la terminal 4S a la 4 Normal; total, que dormida como estaba, me tropecé con el peldañito del final y caí al suelo cuan larga soy -que no es poco- y me metí un porrazo de antología con bolso, mochila y demás avíos. ¡Lo que me faltaba! Haber sobrevivido a un viajazo de más de 30.000 kms., para acabar en las urgencias del Gregorio Marañón o en un hospital de esos que tiene Doña Isabelita en sus predios…!

Afortunadamente, la cadera sigue en su sitio, el menisco roto sigue roto y me levantó del suelo un policía de uno noventa y cien kilos que, antes de proceder al levantamiento de piedra, me preguntó muy inteligentemente: “¿Cómo quiere que le ayude a levantarse, señora?” Y yo le tendí mis manos, agarré las suyas con fuerza y dije… ¡Aúpa!

Y cuatro horas después, entraba en mi casa, me lanzaba a la ducha, me tomé una cerveza y me tumbé en la cama a ver cómo caía la tarde. Luego, cumplí mi promesa de todos los regresos: IR A VER EL MAR. Y ya.

 

 

 

 

 

 

 

 

Menos mal que al día siguiente era festivo. Menos mal que me compré un libro. Menos mal que había merluza en la pescadería. Menos mal que puedo decir…

Felices los felices

LaAlquimista

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30 de Abril de 2026/Publicado 14 de Mayo

 

Temas

Filosofía de Vida y Reflexiones. Lo que muchos pensamos dicho en voz alta

Sobre el autor

Hay vida después de los 50, doy fe. Incluso hay VIDA con mayúsculas. Aún queda tiempo para desaprender viejas lecciones y aprender otras nuevas; cambiar de piel o reinventarse, dejarse consumir y RENACER. Que cada cual elija su opción. Hablar de los problemas cotidianos sin tabú alguno es la enseña de este blog; con la colaboración de todos seguiremos creciendo.


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