Esa ha sido la predicción meteorológica para esta Semana Santa, pero me queda la duda de si se referían únicamente a las isobaras. Cuando te quedas en casa mientras todos se van haces cosas inusuales, como por ejemplo, rebuscar en la prensa por si te tropiezas con alguna ‘perla cultivada’, pero los periodistas también están de vacaciones. Como la televisión no se enciende en mi casa más que por prescripción facultativa –y no hay médico que se atreva a eso-, me decanto por la opción de ‘turista en su tierra por un día’.
Cámara de fotos en ristre, me pongo las deportivas y el chubasquero (uniforme adoptado por los foráneos estos días inestables) y me lanzo a las calles de mi ciudad. Llego andando hasta el centro y ahí me transmuto. Lo primero que hago es parar a una pareja que –me consta- son de aquí y les pregunto dónde puedo encontrar un sitio donde se coma bien y barato. Se miran con cara de complicidad y a mí con cara de conmiseración. “Pues comer bien en casi cualquier sitio, pero barato sólo en casa”. Encajo la amabilidad sarcástica y sigo mi camino.
En la barandilla de La Concha hay que sacar número para arrimarse y posar para la foto de rigor; como voy sola debo pedir a unas aparentemente amables mujeres de mediana edad –que me consta son de aquí- que tengan la bondad de sacarme una foto en el incomparable marco de belleza donostiarra. Una de ellas se ofrece, mientras las otras dos intentan, infructuosamente, que la riada de paseantes no interfiera durante cuatro segundos en la trayectoria del objetivo de la cámara y mi persona. Tras dos intentos, se me ve entre una familia de peruanos con la isla al fondo. Parece que a todo el mundo –autóctonos o no- les ha dado por salir a pasear y que es de lo poco que se puede hacer sin gastar dinero en esta ciudad en un día festivo.
Arrastrada por la marea (humano-paseante), me dejo llevar hasta la Parte Vieja donde la gente se arremolina ante las barras de los bares, pidiendo ‘tapas’ y provistos de platos que –servicial y obligatoriamente- ponen en sus manos los bien adiestrados camareros. Pido un zurito y me delato. Me pregunta si voy a picar algo y le digo que sí; al alargarme el consabido plato le dedico mi mirada ‘especial-cabreo’ y comprende en un nanosegundo que no soy turista, que tan sólo voy disfrazada.
De repente, una avalancha humana inunda el bar: ha comenzado a jarrear. Intento pagar mi zurito y mi pintxo y ya he dejado de interesar al camarero que se desentiende de mi, como loco ahora repartiendo platos a diestro y siniestro. Salgo del bar y desenfundo mi paraguas. Vuelvo al Boulevard y es todo para mí. Algunos turistas , guarecidos bajo los soportales, me miran con cara espantada cuando dirijo mis pasos bajo el aguacero hacia el mar. Ahí creo que me delato completamente. Sólo a los que nos bautizaron con sirimiri se nos ocurre pasear por el borde del mar bajo una tromba de agua.
Respetan las nubes mi solitario paseo y no cierran sus compuertas hasta que ven que ya me he cansado. Entonces, se retiran amables y respetuosas y dejan que vuelva a lucir el sol. De nuevo calles y paseos se llenan de gente. Yo me vuelvo a mi casa.
En fin.
LaAlquimista
Foto: Cecilia Casado