(8) Mis “no vacaciones”.- Ya llevo en “mi otro mar” una semana bien cumplida, la mitad de ella con compañía amorosa y la otra mitad con una infección vírica que me hace estar todo el día tosiendo en colores y con una caja de pañuelos de papel en bandolera. Mientras ha estado mi hija hemos hecho la típica vida de turistas en pantalón corto: que si playa por la mañana, piscina por la tarde y bares o restaurantes por la noche; algunas caminatas con la perrita por la orilla del mar y cañas y vermú cuando el calor ha apretado un poco. Después, al quedarme sola, he aprovechado para dejar caer mis defensa y enfermar. Suele ocurrir y se le llama el don de la oportunidad.
No estoy de vacaciones, no me siento de esa manera. Más bien, me quiero convencer, de que lo mío por estas fechas y en este lugar –“mi otro mar”- es un retiro del mundanal ruido, una huida en toda regla de todas las reglas que rigen mi vida en mi pequeña ciudad de provincias. Vivir en un bloque de viviendas teniendo que escuchar dos mil veces al día el motor de los ascensores; habitar en un barrio por el que pasa el topo/tren con un ruido infernal desde las cinco de la mañana hasta casi las doce de la noche en días laborables. Tener que pasar el día entero haciendo colas como en aquella posguerra que contaban mis padres y abuelos: de nueve a doce en el banco porque a partir de la hora del ángelus ponen mil pegas para atenderte, en el colmado de la esquina esperando a que nos cobre la única persona que atiende la caja porque han reducido personal. En el bar, tengo que hacer cola para que me pongan el cortado porque ya solo está el dueño atendiendo. En los semáforos, que siempre los pillo en rojo; para coger el bus urbano porque todos vamos a la misma hora a todas partes y no queremos usar el vehículo particular porque no hay donde aparcar en la ciudad.
Aguanto las obras vecinales desde el punto de la mañana y el petardeo horrible de las motos hasta que los moteros vuelven a su casa a dormir. Saco el número de una máquina en el ambulatorio y espero resignadamente a que vuelvan de tomar el café los que atienden el mostrador. Espero a que la vida me lleve por delante el día que me toque y quién sabe si no tendré que agonizar durante semanas o meses antes de que algún funcionario del ayuntamiento me diga que ya hay plaza libre para la incineración, que están que no dan abasto…
Por eso busco el último mes de la primavera para vivir en un lugar donde no soy una ciudadana urbanita, sino un ser humano que no se mete con nadie y que evita –como la peste- que se metan conmigo. Salgo de casa a hacer ejercicio por la playa y remojar mis carnes –lo de nadar, cada vez menos, la verdad- cuando las gaviotas están desayunando. Vuelvo a mi guarida –en coche, feliz de poder utilizarlo- y desconecto la parte de la mente que me une a la sociedad: quietud en la terraza con los pinceles, silencio al fondo del jardín, bajo los magníficos pinos, con un libro o un podcast que me ayude a recuperar mi centro espiritual. Cocino la comida de forma simple y sana; duermo la siesta todos los días y termino la jornada con honores mientras ceno en la terraza que da al oeste y me deleito con esos atardeceres rojos que cuenta la canción.
Ni excursiones, ni visitas culturales. Ni shopping ni helados al atardecer, ni brunchs ni cenitas de picoteo en los lugares gastro-pijo-de moda. En la pared del salón hay una pantalla de tamaño XXL que no me molesto en encender.
No son vacaciones, sino la huida de la “escape-city” en la que vivo empadronada y encerrada, buscando la salida desesperadamente. Y si no me vengo a vivir aquí es porque en cuento empieza el verano esta zona se transforma en una película de terror de la que me niego a formar parte. Entonces vuelvo a mi hogar y me adapto al mal menor con mucho estoicismo, que es como he aprendido a vivir. No queda otra.
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