La auténtica libertad a la que aspiro y a veces consigo rozar, consiste en tener la mente lo suficientemente abierta como para no contrariarme cuando el fluir de la vida me lleva por caminos no previstos. Para las cosas importantes tanto como para las banales, esa actitud de no resistencia me hace mucho bien. Es algo así como rebajar las expectativas todo lo que pueda y disfrutar de la limonada –con bien de azúcar- cuando la vida me da eso: limones.
Me gusta la lluvia incluso cuando vengo a “mi otro mar” y las nubes piden su oportunidad. Puedo bajar a la orilla del mar simplemente a pasear, lo he hecho incluso con paraguas, qué más me da si el bienestar tiene que empezar desde adentro.
Curiosa suele ser la imagen de turistas atrapados en sus hoteles en primera línea, ocupando tumbonas protegidas con toldos… ¡de la lluvia! Y arrebujados hasta la papada en toallas y pareos para protegerse de la temperatura más bien fresca que suele acompañar a los chaparrones mediterráneos. Yo les miro y procuro comprenderles: igual es que no se les ocurre otra cosa que hacer que esperar, haciendo guardia en su tumbona, a que vuelva a lucir el sol. Igual es que han venido a Catalunya –la mayoría son de países europeos donde el índice de luz solar es muy bajo- con una idea fija: ponerse morenos y aprovechar el “todo incluido” del hotel en temporada baja. De piñón fijo, vamos.
Me da qué pensar, desde luego, y les saludo pinturera cuando paseo por la playa tapándome con la capucha del chubasquero y veo que me miran como si fuera una mujer excéntrica…que lo soy.
La vida no tiene “plan B”, hay que seguir adelante hasta el final del trayecto; pero cómo andemos ese camino ofrece muchas posibilidades…y casi todas son gratificantes si las encaramos con un poco de paz y cuarto y mitad de alegría.
Felices los felices.
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