Hoy es el primer lunes de Agosto, día en el que la mayoría de los trabajadores/cotizantes comienzan sus vacaciones anuales, buscando –quizás un poco desesperadamente- descansar, divertirse o cambiar de aires, y como no voy a ser menos he decidido encarar este mes tan especial a mi manera. Que no es otra que regalarme una “Cura de Reposo Integral” inventada, diseñada y dirigida exclusivamente por mí misma y lo que me salga del trigémino.
Ayer domingo empecé a preparar el escenario, limpiando y poniéndolo lo más confortable posible: un poco de aspirador, -ya que el robot lo regalé hace tiempo por falta de entendimiento-, cuarto y mitad de bayeta y plumero y cambio de sábanas, toallas, manteles y trapos domésticos diversos. Vacié el “fondo de armario” comestible de carbohidratos viejos –algunos caducados-, liberé el frigorífico de “cadáveres” que no iban a resucitar y saqueé el congelador a conciencia.
Ordené el salón quitando algunos cuadros, recogiendo libros, guardando objetos que no me recuerdan a nadie ni sirven para nada. Abrí ventanas sin miedo puesto que en el norte que habito la temperatura templada es un regalo de los dioses; quizás entrara algún bichito volando, pero también lo hizo la brisa fresca que viene del monte cercano. Revisé habitación por habitación como si fuera a venir el fotógrafo de Idealista. Y luego, me quité la ropa fatigada y preparé un baño de espuma oliendo a gloria bendita. A eso de las nueve de la noche me sentía como un ser casi etéreo, aspirante a escalar la pirámide de Maslow sin ayuda de bastones.
Cené poco y sabroso e inauguré la “cura de reposo” flotando entre sábanas frescas y con un libro amigo entre las manos. No duré más de veinte páginas; el cansancio, la satisfacción y la emoción de lo por venir me adormecieron felizmente.
Esta mañana, ocho reparadoras horas de cama después, encaro la vida con calma e ilusión y espero que con la fuerza necesaria para encarar la parte más difícil del “reposo auto-prescrito”. Ha llegado el momento más importante: el de cuidar mi mente además de mi cuerpo, el tiempo demorado de sentir lo que brota de mi interior, la escucha del silencio alejada del ruido circundante.
Aprovecharé que mis hijas están lejos geográficamente,-siempre lo están- que mis amistades vacacionan por lugares diversos o están inmersas en su mundo privado y que, en definitiva, no tengo perro que me ladre ni humano que me reclame. Porque todo es cuestión de actitud y he decidido que la mía sea lo más positiva posible. A ver qué tal me sale la jugada.
Felices los felices.
LaAlquimista
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