Nunca he tenido “pueblo” que llevarme a la boca. El tronco familiar no rebasó las lindes de la ciudad –la familia materna de la capital de Guipúzcoa y la paterna de Burgos capital- y, seguramente por eso, mis padres fueron urbanitas totales y nunca sintieron el deseo de confraternizar con la naturaleza. Si alguna vez les insistí para ir de excursión les molestaban los bichos, el sol, los olores y, en definitiva, todo aquello que les apartara un milímetro de su concepto inamovible de “zona de confort” entre asfalto, ladrillo y escapes de coches.
En su descargo debo decir que tenían la costumbre de la época de hacer vacaciones por separado: mi padre se quedaba de “Rodríguez” en la ciudad y mi madre se escapaba a Estella, en Navarra conmigo, a un convento de monjas en la Plaza de Santiago donde disfruté de correrías diversas con algunas niñas en la misma situación; me dejaba mi madre confinada en la habitación para echar la siesta –para poder echársela ella, por supuesto- y yo me escapaba a los cinco minutos por la puerta que daba a la huerta de las monjas. Tengo recuerdos de aventuras bajando a los Llanos y al río en plan salvaje, para compensar los aburridísimos paseos a los que mi progenitora me llevaba hasta El Puy. Lo uno por lo otro y poco me importaban las broncas y bofetadas que recibía por desobediente.
Pero eso fue hasta que nos convertimos en familia numerosa; luego ya se acabaron las escapadas y a partir de los diez años los veranos de mi infancia transcurrieron entre las mismas cuatro paredes que el resto del calendario. Ni me subí a los árboles, ni me revolqué en ningún pajar aunque intuía que algo bueno me perdía cuando veía volver a mis amigas en septiembre rozagantes, exudando embutido artesanal y contando aventuras que yo solo podía leer en los libros que me hacían compañía.
Mi padre odiaba el calor y se empeñaba en hacer las vacaciones familiares en septiembre, a la sierra madrileña, a Cercedilla, donde el banco en el que consumió su vida y sus ilusiones tenía una residencia para empleados, donde sufrí lo que no está escrito por culpa de una pubertad llena de complejos en mitad de un ambiente de “niños y niñas bien” con los que nunca conseguí sentirme a gusto. Un año me mandaron “de colonias” a Rivabellosa con unas monjas y tengo el peor recuerdo de toda mi infancia asociado a aquellos quince días fatídicos. Resumiendo: que mis padres decían que “nosotros no tenemos pueblo” y como lo decían con “tonillo” a mí se me antojaba que querían decir que éramos afortunados por no tener que pasarnos el verano lejos de las comodidades de nuestro piso de la ciudad.
Cuando fui independiente y mayor de edad, lo que ocurrió a la vez, a los veintiuno, salió el espíritu salvaje que me acompañó hasta pasados los cincuenta años y no hay en el mundo lugar donde me sienta más “yo” que en plena naturaleza, y si no puede ser algo total, pues que sea lo más parecido. De ahí “mi otro mar”, y algunos viajes a destinos peculiares.
El círculo se cierra, la historia se repite y, ahora mismo, no tengo pueblo que llevarme a la boca. Agosto siempre me ha querido mal.
LaAlquimista
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