El mercadillo de Cambrils es el más grande de la zona y atrae a mucho turismo, tanto que incluso en los hoteles fletan autobuses para que se entretengan los huéspedes ansiosos de algo más que playa, tumbona y fritos congelados en el bufé libre. Este mercado tiene dos secciones claramente diferenciadas: la de “guiris” y la de gente “con arraigo”- que son quienes han nacido aquí o llevan empadronados muchos años-.
La primera, abarca esos puestos llenos de textil asiático -nuevo o de segunda o tercera mano- donde se acumulan esas prendas que casi seguro que los turistas no comprarían jamás en su lugar de origen, por horteras, feas y de mala calidad. Las venden a precio de boutique -le ponen “new collection”, tiene guasa, aunque estén bajo las lonas y plásticos de la venta ambulante de toda la vida, esa donde se vocea la mercancía como en las tómbolas de las ferias, como si fueran gangas irresistibles.
Allí se apelotonan francesas, belgas, inglesas y dos o tres despistadas en viaje del Imserso con su consiguiente “adosado” con cara de aburrido al que le compran una gorra del Barça hecha en RPC que solo se parece a la original en los colores, buscando la prenda de “diseño español” que luego, a la vuelta a su país europeo, ni se atreverán a ponerse más que para andar por casa.
En la parte auténtica del mercado, al fondo, a desmano ya, se instalan los puestos de fruta, regentados por los emprendedores de toda la vida que van recorriendo las huertas de payeses con la “fragoneta” y se llevan lo que no quiere el mercadona de turno: verdura, aceite, embutidos, miel, nueces y olivas, productos que no sirven para nada si estás en un hotel con todo incluido. A esos puestos donde se sirve una misma manoseando el material y a los que acuden con el carrito de la compra las mujeres de aquí -los hombres andarán por otro lugar, no son habituales- y algunas otras ocasionales de temporada como yo misma.
Hoy he comprado: higos Coll de Dama, uva moscatel de Lleida, melocotones de Calanda y un par de tomates de la variedad “Extasis”,originario de Cambrils, lo ideal para darme un homenaje de frutos de la tierra y ver si se me espabila la dopamina.
He almorzado en el bar “de toda la vida”, un bar con camareros que atienden las mesas, y no como en mi ciudad que tenemos que ir a la barra a servirnos, una espigueta de pernil ibérico bien untada con tomate y un cortadito para rematar. Los guiris no se sientan en las terrazas porque ya vienen desayunados de los hoteles y les salen por las orejas los huevos revueltos, el beicon y las salchichas regado todo ello con café aguachirri, -lo que se llama “café americano”-. Ellos consumen churros y porras como curiosidad de la gastronomía autóctona cuyo pestazo supera con creces todo lo soportable.
A las once ya había terminado mi compra y el desayuno e iba camino de la playa cuando se ha desatado la furia desde las nubes lo que me ha provocado un giro de guion dando volantazo y volviendo al apartamento para pintar otro de mis óleos pequeñitos del natural pero al amparo de la terraza cubierta.
Como esto es una locura climatológica, una noria con el motor desatado, a las cuatro de la tarde ha salido el sol y no me ha quedado más remedio que bajar al jardín con el libro y huir al cabo de media hora de los mosquitos asesinos refugiándome en la piscina, señalando para no hacerme la chulita, que a mi provecta edad ya estoy más para el “acquagym” que para nadar a braza. 
Nadie me ha llamado hoy y a nadie he importunado con mis asuntos. Alexa y una servidora hemos escuchado blues y jazz mientras el día se iba diluyendo entre las nubes de colores que cubren las montañas cercanas.
Un día sin más, tranquilo; aburrido, que dirán algunos…
Felices los felices.
LaAlquimista