He tomado la decisión de vacunarme contra la gripe este año por primera vez en mi vida. Como prevención ante este virus y porque tengo una edad en la que ya no me apetece andar con tonterías de ningún tipo según con lo que yo entiendo por “no andar con tonterías” que, lógicamente, es algo personal e intransferible como el DNI.
Lo comenté en una red social en tono de humor, como casi siempre hago, incidiendo en mi provecta edad y en cómo se me olvida cada lunes y cada martes el hecho de que tengo mucha más vida por detrás que por delante. Por lo menos según las estadísticas del asunto este de la longevidad y tal.
El caso es que los primeros comentarios fueron de personas que también creen en las vacunas y contaban su experiencia con más o menos gracia, algo así como un corporativismo por ser de la misma quinta o una solidaridad del gremio de los “vejestorios” con positiva actitud y mucha retranca.
Pero a la vuelta de unas horas, las visitas comenzaron a aumentar hasta la estratosfera y a caer un chaparrón increíble de comentarios llamándome de todo; desde ignorante hasta estúpida pasando por descerebrada por hacer “apología del envenenamiento”. Y aparecieron enlaces a médicos y científicos conspiradores, de esos que están fuera del sistema, a los que retiran las licencias para ejercer como médicos, pero que insisten en que las farmacéuticas están al servicio de los tecno oligarcas que dominan el mundo y que nos meten chips en el cerebro y veneno en el cuerpo para dominar nuestras mentes.
Toda una película de ciencia ficción que no tendría más repercusión que la anécdota, pero resulta que parece ser que hay media humanidad con ideas alternativas sobre casi todo y que se manifiesta en forma de “expertos” conocedores de cualquier materia y opinadores irredentos con mucha garra y no menor agresividad.
Al final, aburrida de leer comentarios que nada tienen que ver con mi forma de pensar, utilicé el comodín de la libertad. Es decir: yo soy libre de vacunarme y tú eres libre de no hacerlo. Punto pelota.
Pero lo que no voy a permitir es que nadie me insulte o denigre por tener un pensamiento diferente al suyo. Ahí es donde soy absolutamente intolerante y no paso por el aro.
Recuerdo ahora una sentencia genial que pasará a la posteridad: “No estoy de acuerdo con lo que dices, pero defenderé con mi vida tu derecho a decirlo”.- La escribió la biógrafa británica Evelyn Beatrice Hall (con el seudónimo S.G. Tallentyre) en su libro “Los amigos de Voltaire” publicado en 1906. Hall la inventó para resumir y ejemplificar el espíritu de tolerancia y defensa de la libertad de expresión del filósofo francés del siglo XVIII, aunque Voltaire nunca pronunció ni escribió esas mismas palabras.
Pues hasta ahí llegué, rogando que me dejaran en paz, que yo no hacía apología de la vacunación, sino que relataba mi experiencia al vacunarme por primera vez en la vida contra la gripe a una edad más que provecta.
Quizás el problema consista, no en que unos nos vacunemos y otros no quieran hacerlo, sino que cualquiera de estos dos grupos se empeñe en convencer al otro de que está equivocado, que es un ignorante o un idiota y que la verdad únicamente milita en sus filas. 
En fin, que santa paciencia con la gente que no soporta que nadie piense diferente que ellos. Y que ya han pasado cuarenta y ocho horas y no me ha hecho reacción ni asaltado efecto secundario ninguno.
Felices los felices y ya.
LaAlquimista
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