
De verdad que no lo entiendo, oye, que llega el festival de cine a esta ciudad y parece que a todos (y todas) se nos enciende la vena del glamour y queremos estar ahí, aunque sea detrás de una valla metálica, móvil en ristre, para ver si “vemos a alguien”. Que el año pasado con lo del Brad Pitt hubo quien tuvo tema de conversación hasta después de Navidad porque le firmó un autógrafo o le sonrió más de dos segundos seguidos, vamos, que ya se llega fácilmente a los niveles de autoestima necesarios para ir pisando fuerte por la vida si cruzamos nuestros pasos con los de algún famosillo aunque nos enteremos en ese momento en qué película ha actuado.
A mí es que me gusta tanto el cine que me siento incapaz de tragarme un tostón de dos horas en versión original de idiomas que no entiendo por poder decir que he estado ahí, que la gente que conozco y va a las sesiones esas sale –la mayoría de las veces- echando pestes del bodrio infumable que han soportado. Claro, que también es cierto, que si es su trabajo no tienen derecho al pataleo y si han ido de gratis pues tampoco. Pero hacer una cola –que las ví el domingo pasado –nueve de la mañana, taquillas del Kursaal- para ver una película que, dentro de nada, puedes ver tranquilamente en tu cine favorito con palomitas incluidas…pues no sé yo, sinceramente.
El Festival de Cine debería ser para los que viven de él y punto, como la política para los políticos. Al público cinéfilo debería bastarnos con ver las buenas películas una vez que hayan pasado todas por el tamiz de una crítica que, sinceramente, últimamente parece estar algo desnortada. Es como si para leer buena literatura tuviéramos que tragarnos todas las presentaciones de libros que se hacen.
Pero ya se sabe, a los “ñoñostiarras” de pro que no les quiten “su” festival.
En fin.
LaAlquimista