
De vez en cuando me entra la furia por la dieta sana y frugal, -dieta espartana- que le digo yo para adelgazar cuatrocientos gramos y subir mi autoestima medio peldaño, y me dejo los dineros en un colmado (qué bonita palabra, mucho mejor que “súper”) que se abastece, ellos lo juran, directamente de las huertas de Astigarraga y Hernani. Y el otro día había unas achicorias rozagantes, preciosas, que daban ganas de ponerlas en un florero.
Me comí las hojas centrales –tiernos brotes amarillos- en una ensalada con nueces, pasas, limón y aceite de oliva y cocí el resto de la planta con una patata y tres zanahorias con poca agua para que las vitaminas no se evaporaran. Al día siguiente, -ya metida de lleno en mi pseudo masoquismo gastronómico- me dispuse a disfrutar de la verdura calentita con su chorrito de aceite, pero al llevarme el primer bocado mis papilas protestaron y a duras penas pude masticarlo tal era el grado de amargor que tenían, talmente como si me hubiera introducido en la boca un artículo de La Razón.
Cuando algo no sale como yo esperaba sé que siempre puedo recurrir al “Plan B”, pero antes me gusta agotar las posibilidades, soy algo testaruda todavía a pesar de los años o gracias a los años, así que me quedé pensativa rumiando cómo poder comerme la achicoria amortiguando su sabor amargo. (Si digo que me costó 3€ parece poca cosa, pero si digo que me costó 500 pesetas todo el mundo se da cuenta de que no se puede tirar a la basura).
Primero le puse limón y creo que inventé un sabor nuevo pero no sé cómo llamarlo aunque seguí sin poder tragar el resultado.
Después cogí una parte y la pasé por el pasapurés junto con quesito a ver si se “comestializaba” el resultado, pero quedó un puré amargo –e incomestible- aunque creo que inventé un nuevo color de verde.(Verde txerrijanachicoria)
Todavía quedaba media ración en el plato que cubrí con tomate fresco espachurrado, un poco de queso para gratinar y lo metí al grill del microondas durante diez minutos: quedó un panaché amargo cubierto de queso y veteado de rojo. No se lo di al gato porque no tengo gato, pero seguro que tampoco se lo habría querido comer.
Una tortilla francesa con una ensalada de tomate aliviaron mi desesperación culinaria. Está claro: la achicoria –como la vida- cuando se empeña en ser amarga no hay dios que la arregle.
En fin.
LaAlquimista