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Cecilia Casado

A partir de los 50

Carnet de voyage.- La Tour toujours

Estar en Paris y no acercarse a ver cómo está “la Tour” es como ir a Donostia y no acodarse un rato en la barandilla de La Concha y dejar que la imaginación te lleve más allá del paisaje circundante, así que he subido a un RER –el tren que atraviesa Paris de punta a punta en menos de media hora- y me he acercado hasta la plaza del Trocadero a echar un vistazo a mi vieja amiga. (Hoy a medio vestir, con su maquillaje marrón un poco deslucido). Justo en el momento de acercarme a la barandilla que da sobre los jardines ha comenzado a llover (¡qué raro!) y he podido sacar unas vistas brumosas y no por ello menos hermosas. Un joven toca la gaita bajo el “sirimiri” parisino, los inmigrantes venden réplicas de plástico y huele a las crêpes del carrito del helado. Al fondo, bajo su manto, riadas de turistas hacen la cola para poder contar que han subido a la Torre Eiffel. –Yo también subí en su día y aseguro que no se siente nada…- Sin embargo, tiene algo indefinible, como todo símbolo, que atrae y rechaza a la vez.

Un paseo de quince minutos me ha llevado hasta el Museo de Arte Moderno en la Avda. del Presidente Wilson, donde me estaba haciendo guiños la exposición de Basquiat y la del fotógrafo Larry Clark. Me he gastado 13€ en una entrada combinada para poder tener criterio al opinar sobre lo expuesto: que no me ha gustado nada, pero nada, nada. Basquiat se encumbró con mucho marketing de por medio y porque le ayudó Andy Warhol, amen de convertirse en mito al morir de una sobredosis a los veintiocho años. La exposición de L.Clark está prohibida a los menores de edad y no me extraña nada puesto que fotografiar el lado oscuro de la juventud (o de la vida a cualquier edad) desanima a cualquiera.


A la salida ya mis tripas crujían y pensaba comer en el restaurante del vecino Palais de Tokio pero estaba hasta la bandera así que he ingerido mi ración de emergencia (tres mandarinas) y en un autobús me he acercado hasta el Boulevard Saint Germain; pensaba comer en “Les deux magots” –ni en bromas, qué precios, mon Dieu-, pero sí lo he hecho en un decentísimo “traiteur asiatique” comiendo lo que a mí me gusta: unos buenos “vermicelles” con verduras y una sopa “miso” bien calentita. ¿El precio? 7€ con la jarra de agua incluida.
En la barra del bar de al lado, un cortado por 1€. (A ver si aprenden los bareros de mi barrio…)


Para bajar la comida, el regalo de un tímido rayo de sol y un precioso paseo hasta el otro lado del Sena a través del Pont des Arts… llenas sus barandillas de candados cerrados con los nombres de los enamorados que contaminan el lecho del río arrojando las llaves a la vez que se besan. Modas. Y el Louvre de repente, sus pirámides acristaladas, las palomas jugando en el agua, hormiguero en el subsuelo y espacio calmo en la superficie para admirar el Arco del Carroussel, los adoquines de la plaza, las estatuas del Palacio, los ventanales iluminados… la tarde que comienza a caer sobre la ciudad.


El camino me lleva transversalmente a la plaza del Palais Royal y a sus jardines que me atraen irremisiblemente –ha dejado de llover-, pego mi nariz a los escaparates de las boutiques que adornan los soportales, sueño con meterme en uno de esos vestidos cosidos con elegancia, calzarme los imposibles zapatos, adornar mi cuello y mis brazos con las joyas de diseño, coronar mi sueño con un sombrero “très chic” y ataviada de esta guisa, doy la vuelta a la manzana y me encuentro en el decorado perfecto de la Gallerie Viviènne donde paseo de arriba abajo mirándome en todos los espejos de las hermosas tiendas que la jalonan. Un par de calles más allá me siento en el interior –desierto- de la Bolsa de Comercio para admirar su cúpula y sus pinturas y de paso despojarme de mis galas y volver a ser una paseante vulgar y corriente para entrar en el cercano Les Halles y subirme de vuelta a mi tren sin llamar demasiado la atención.

Media hora después me ofrezco algo tan poco francés como una siesta a la hora que me da la gana. Que no todo va a ser andar de arriba abajo de la metrópolis como Wally y su gorrito rojo.

Después del reposo del cuerpo, viene el de la mente; escribir un rato escuchando todo lo que encuentro de Edith Piaf, Jacques Brel y Leo Ferré en Spotify. Las pilas se van cargando poco a poco y ya sólo falta el baño de espuma y sales oliendo a flores que toda mujer que se precie se regala de vez en cuando. Para terminar de subir a las nubes.

En fin.

LaAlquimista

Fotos: C.Casado

Filosofía de Vida y Reflexiones. Lo que muchos pensamos dicho en voz alta

Sobre el autor

Hay vida después de los 50, doy fe. Incluso hay VIDA con mayúsculas. Aún queda tiempo para desaprender viejas lecciones y aprender otras nuevas; cambiar de piel o reinventarse, dejarse consumir y RENACER. Que cada cual elija su opción. Hablar de los problemas cotidianos sin tabú alguno es la enseña de este blog; con la colaboración de todos seguiremos creciendo.


noviembre 2010
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