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Cecilia Casado

A partir de los 50

La vida en un minuto

 

De siempre me ha gustado hablar con mis vecinos, conocerles y que me conozcan, nunca se sabe cuándo vas a necesitar una cebolla para la tortilla o vas a poder regarles las plantas si se van de viaje. Intento ser amable aunque no invasiva –lo intento, no sé si lo consigo- cultivando el punto de la broma sencilla, tendiendo el primer puente hacia la sociabilidad. Así es  también en “mi otro mar”, -donde soy “la vasca” del perrito blanco. 

En esta vecindad mediterránea vive un señor amable y simpático (llamémosle Adriá) al que desde hace unos años le gasto la broma –repetida por todos los vecinos- porque tiene un coche rojo, deportivo, IM PO LU TO, que más vale llevar las gafas de sol cuando te cruzas con él… Mis bromas inocentes siempre han sido las mismas: “Adriá, cuidado, que parece que va a llover, no se te encoja el bólido” o “Tienes más limpio el coche que el cura las patenas” y tonterías así… Él me cuenta lo qué hará cuando se jubile, me pregunta por mis hijas y yo le digo que lea mi blog, que ya le vale. Nos saludamos un par de veces al día cuando coincidimos en el jardín y ya me he apuntado las coordenadas de una playa naturista que él y su mujer conocen por los alrededores.

La semana pasada vi el coche parado bajo mi balcón –brillante y hermoso como un corazón palpitante-; al día siguiente estaba un poquito sucio, nada, justo el polvillo que el viento del amanecer trae desde la playa… y esa misma noche supe de la desgracia imprevista, imprevisible, contundente. Adriá falleció de un fulminante ataque al corazón en el salón de su casa, solo, a la hora de la siesta, delante del televisor, esperando la hora de ir a buscar a su mujer al trabajo. Tenía 58 años y soñaba con jubilarse…

La vida en un minuto da una vuelta brusca a su timón y toma un rumbo imprevisto. Duro y doloroso, forzada por el viento que se puso en la proa, se bambolea, se estremece y, discreta, dice adiós. Sin retorno, sin eco, sin paliativos ni misericordia alguna.

Nunca pienso en la muerte propia, ni me da miedo ni me preocupa lo más mínimo; lo que me interesa es la vida, digamos con mayúsculas, LA VIDA, este tiempo en el que no hay promesas cuyo cumplimiento exigir ni falsas garantías de dos años; tampoco hay repuestos para la ilusión ni mercado de ocasión para el desconcierto y el desamor. Todo es inmediatez, las motas de polvo depositadas hoy serán el barro de mañana o se las llevará el viento sin que nos demos cuenta. Nada está en nuestra mano, no hay planes de pensiones que valgan, el azar, la rueda que gira y gira se detendrá en nuestro número de la (mala) suerte sin avisar mientras estamos distraídos con mil cosas…

Los sueños del Adriá viajan ahora con él en un hatillo etéreo de recuerdos amantes de quien le amó, quedarán sus fotos de vacaciones o posando en bodas y bautizos junto a la mujer que eligió y su precioso descapotable rojo, limpio, brillante, lleno de estrellas que ahora son fugaces y de música ambiental suave que oculte el llanto.

La vida en un minuto se nos escapa y, sin embargo, nos permitimos con absoluta indiferencia desperdiciar semanas, meses, años incluso sin mover ficha para cumplir nuestros sueños, anclados en dique seco esperando a que suba la marea, el viento sea favorable y, si es posible, nos toque la lotería para montarnos en nuestro precioso coche rojo y dejar que el viento alborote con alegría la ilusión de vivir.

¿A qué esperamos? Mañana, pasado mañana, puede ya ser demasiado tarde para realizar esa pequeña locura o ese gran proyecto que lleva tiempo criando telarañas en el corazón. El año que viene, un año más, a la espera de poder tener una mejor pensión de jubilación o de reducir el crédito con el que nos atamos al banco sin divorcio posible o a que los hijos se hagan mayores o a que las circunstancias sean más propicias…

Gracias, Adriá, por los pequeños momentos de charla que compartimos en el jardín –tú tostándote al sol, yo refugiada en la sombra- mientras estábamos relajados, felices, ignorantes de que la vida es un minuto, se va en un minuto…

Bon viatge, Adriá.

En fin.

LaAlquimista

Por si alguien desea contactar:

apartirdeloscincuenta@gmail.com

 

 

Temas

Filosofía de Vida y Reflexiones. Lo que muchos pensamos dicho en voz alta

Sobre el autor

Hay vida después de los 50, doy fe. Incluso hay VIDA con mayúsculas. Aún queda tiempo para desaprender viejas lecciones y aprender otras nuevas; cambiar de piel o reinventarse, dejarse consumir y RENACER. Que cada cual elija su opción. Hablar de los problemas cotidianos sin tabú alguno es la enseña de este blog; con la colaboración de todos seguiremos creciendo.


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