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Cecilia Casado

A partir de los 50

Me gusto como soy

 

Cuando era una chavala preadolescente mi madre, bendita ella, me vestía a su gusto sin dejar el menor resquicio a las demandas de la moda aduciendo que había que tener “personalidad” y no dejarse influenciar por la opinión de los demás. Este argumento tan cartesiano no me lo aceptaba cuando yo intentaba darle la vuelta y liberarme de sus reglas como “personal shopper” ni me eximía de su propia opinión que, a fin de cuentas, era la que mandaba porque de su mano iba la cartera de donde salían los dineros.

En los tiempos de la minifalda –que tuve prohibida- y de la mayoría de edad a los 21 años, era muy difícil verse guapa, gustarse, si no era porque había ayuditas externas que nos levantaban la moral. Cuando mi madre o mi abuela me decían exagerando el gesto: “¡Peroqué pintas llevas!” yo hacía como que no me importaba, pero sí, claro que me suponía un jarro de agua fría que me dijeran que no estaba guapa –a su criterio y gusto- y mucho tuve que luchar en mi fuero interno para seguir adelante con mi “personalidad” y no dejar que me la pisotearan y la volvieran a construir a su gusto.

Quizás por eso, hoy en día, con los quinquenios a cuestas, estoy absolutamente convencida de que me gusto como soy porque he aprendido a aceptarme sin tirar piedras contra mi propio tejado.

Cuando amigas o conocidas se hacen retoques físicos porque “necesitan” verse de una determinada manera que ya no son, me callo aunque me pregunten. Por lo menos no digo nada que pueda poner en peligro la relación; entiendo que cada cual es muy libre de ponerse implantes de silicona o estirarse la cara, el cuello, la papada y hacer desaparecer las bolsas bajo los ojos. También me parece muy bien las liposucciones para quitar estrías, celulitis y tejido adiposo sobrante. Y las cremas para cuidar la piel de esas que cuestan casi el salario mínimo interprofesional. Todo me parece bien. Pero yo, no, porque me gusto como soy.

¡Claro que mi mirada es subjetiva y sobre todo magnánima con mi figura que atiende y respeta escrupulosamente la edad que tengo!

Pero es que a mí me parece normal que el cuerpo acuse haber tenido dos hijos, a mí me parece justo y correcto tener arrugas en el rostro –sobre todo si son por haber reído mucho- y también entiendo y acepto sin hacer alharacas que salgan juanetes, michelines, manchas en la piel por haber tomado mucho el sol; y que se caiga el pelo –toca madera, mi melena- y los dientes den la tabarra cada seis meses y que aparezcan venas varicosas y la próstata empiece a dar la tabarra o los ovarios y las mamas críen quistes por aquello del baile loco de las hormonas.

¡Es la vida, qué pasa…! ¡Y a mucha honra!

¡Qué verdad es que la autoestima va de la mano de la visión que suponemos damos a los demás! Qué triste realidad es esa en la que usamos el espejo de manera errónea creyendo que tenemos que conseguir una imagen que no nos pertenece, inventada, creada para el orgullo y soberbia de otras personas…

Mujeres que creen que necesitan “recauchutar” su cuerpo para que los hombres no las dejen de lado o simplemente las miren; mujeres jóvenes y mayores que se han convencido a sí mismas de que la vida termina con la juventud, que más allá de cierta edad –la que a ellas les da pavor- no hay más que oscuridad, soledad y crujir de huesos y rechinar de dientes. Mujeres, casi siempre mujeres, que te miran con una especie de conmiseración por no pesar 55 kilos ni usar la talla 38.

A esas mujeres no tengo nada que decirles…o muy poco; allá ellas. Pero a las que hemos sabido mantener con la sonrisa bien puesta nuestros lustros llenos de vida, de amor, de trabajo y de sencilla alegría por las cosas buenas que hemos tenido la suerte de conseguir, a ésas, que somos multitud, les invito a repetir todas las mañanas al salir a la vida y todas las noches al retirarse de ella, estas sencillas cuatro palabras: “Me gusto como soy”.

Porque cuando nos gustamos a nosotras mismas eso sí que se percibe desde fuera, esa autoestima bien ponderada da tersura a la piel y brillo a los ojos; cuando nos gustamos -a pesar de todo- la columna se yergue, las manos dibujan en el aire y los pies esbozan el paso de baile que sabemos nos hace sentir bien.

Casi nada, gustarse tal y como se es… ¡Vamos a por ello!

LaAlquimista

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Por si alguien desea contactar:

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Temas

Filosofía de Vida y Reflexiones. Lo que muchos pensamos dicho en voz alta

Sobre el autor

Hay vida después de los 50, doy fe. Incluso hay VIDA con mayúsculas. Aún queda tiempo para desaprender viejas lecciones y aprender otras nuevas; cambiar de piel o reinventarse, dejarse consumir y RENACER. Que cada cual elija su opción. Hablar de los problemas cotidianos sin tabú alguno es la enseña de este blog; con la colaboración de todos seguiremos creciendo.


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