Este mes de Agosto he decidido restringir sustancialmente mi nivel de queja y/o protesta por los desmanes y/o abusos que en esta ciudad de mis entretelas vamos a sufrir autóctonos y/o foráneos por parte de “los otros”. Algo así como dejar de fijarme en todo lo que me molesta y/o hacia lo que tengo predisposición a que me moleste- y mirar hacia otro lado o mirarlo con benevolencia y santa paciencia.
Me aburren soberanamente las quejas cutres en las redes sociales publicando el ticket de algún bar/restaurante mesándose los cabellos porque les han cobrado cinco euros por una caña o cuarenta y cinco por tres salmonetes. Ni te cuento ya lo que me chirrían los juicios/comentarios/críticas/reflexiones sobre si el carril-bici es bueno o malo para la salud (de ciclistas y peatones), el rollo de los pisos turísticos que cumplen o dejan de cumplir las normativas y la cara de vinagre de los inquilinos fijos del inmueble que no soportan el ruido y la fiesta de los inquilinos eventuales. Ni quiero escuchar más quejas del ama de casa habitual que ve con asombro cómo los tomates se ponen por las nubes, las vainas se convierten en delicatessen y en las rebajas aparecen partidas gigantescas de prendas birriosas y de dudoso gusto y calidad fabricadas en la otra punta del mundo para que nos creamos que todavía somos una ciudad chic.
Y como estoy harta de las quejas, a ver cómo hago yo para quejarme de las mismas sin que parezca que soy una contradictoria con el alumbrado fundido.
En realidad, lo de quejarse o no quejarse es más bien una actitud que por algún motivo escondido hemos decidido adoptar. Porque bien sabido es que hay gente que “se queja de vicio” y que muchos no saben mirar alrededor si no es con la lupa que busca el fallo, la grieta, el error o la culpa ajenas.
Pero los que más me ponen de los nervios con su queja sempiterna son los “compañeros de ascensor”, esos que en vez de darte los buenos días te miran con cara de estar agonizando y te sueltan el consabido: -“Uf, vaya tiempo que hace” y total, porque cae sirimiri cuando a ellos les apetecería ir a la playa. O los que suspiran como si estuvieran incubando un virus y resoplan y se agitan porque “hace un calor insoportable” cuando llegamos a los 30º cuatro veces al año, como si la felicidad de sus carnes dependiera del tiempo meteorológico (que al final acabo pensando que sí que depende).
Restrinjamos la queja, dejémosla a un lado, aunque sea en vacaciones, aunque sea en verano, aunque sea por hacer algo diferente a lo que hacemos todo el año.
Que eso no quiere decir que hayan desaparecido por arte de birlibirloque los motivos para protestar, pero estoy convencida de que estos van mucho más allá de las pequeñas molestias cotidianas de la convivencia con el tiempo de ocio y/o jolgorio propio o ajeno.
Si tuviera que quejarme me quejaría de lo mal que me hace sentir la burla continuada de los que mueven los hilos, me quejaría de los que me roban impunemente, de quienes hacen leyes a su imagen y semejanza para su propio beneficio. Si es por quejarse me tendría que quejar de la insania de tantos hombres que siguen creyendo que las mujeres -y el cuerpo de la mujer- son predios a los que pueden acceder cuando les da la gana.
Me quejaría de muchísimas cosas más: de la falta de amor y solidaridad que se ha instalado en nuestra sociedad, de la indiferencia manifiesta entre unos y otros teléfono móvil interpuesto, del relajamiento de los valores humanos que hace que miremos hacia otro lado en las ocasiones en las que deberíamos “fijarnos” mucho en lo que ocurre y actuar en consecuencia y del mal carácter de ciertas personas que tenemos que pagar los demás sin comerlo ni beberlo.
Pero vamos que ya estoy divagando y al final se me olvida de qué iba este post.
Eso, que ya está bien de quejarse por todo y a todas horas.
(“¿Puedo decir que estoy hasta el moño de los portazos del vecino a altas horas de la noche? ¿No? Bueno, pues no me quejo y seguiré aguantándome”)
En fin.
LaAlquimista
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