Visitar Jerusalem nunca había sido el viaje de mi vida, así que llego a la ciudad controvertida vestida de escepticismo, algún que otro prejuicio –de lo que no me doy cuenta hasta llegar a sus calles- y no poca ignorancia. Como tantas veces en mi vida, creo saber sobre un tema y luego he de reconocer que mis ideas estaban equivocadas; conceptos mal asimilados e información tergiversada son el peor bagaje para aprehender el auténtico sentido de un país, su paisaje y su paisanaje.
Lo que sí sé es que voy a tropezar con las raíces de tres religiones, que me voy a enredar un poco en este triduo de culturas que no se soportan las unas a las otras y que cada una a su manera se desentiende de lo que yo pueda pensar o sentir; no me necesitan para seguir predicando su mensaje.
Me visto con la ropa más monjil que hay en mi maleta, escondo mi cabellera bajo un pañuelo y me sumo al grupo de mujeres que, Biblia en mano, se dirigen en el autobús número 1 hacia el Kotel o Muro de las Lamentaciones por la puerta de las Inmundicias o Dung (referencia al vertedero que existió en ese lugar en un lejano día). Creo conocer lo que voy a encontrar pero jamás habría imaginado lo que sentiría al verme inmersa en el abigarrado grupo de mujeres (separados los espacios masculino y femenino por una valla de madera) que claman sus lamentos en voz alta con un llanto entre patético y desgarrador.
Me estremezco hasta la médula, el vello se me eriza y la emoción me desborda los lacrimales; no puedo evitarlo. Es un viejo sonido de mujer doliente, como si llorara la pérdida de un hijo, duele sin pretenderlo –o quizás por pretenderlo. En mi mano un pequeño papel para colar en algún intersticio de las piedras del Muro, en el que he escrito mi “plegaria”; nada tengo por lo que llorar y soy consciente de mis privilegios, mas aún así me fundo con el grupo y ocupo mi lugar entre las mujeres que rezan, las que lloran y las que miran al suelo en silencio. El tiempo se detiene, el sol quema en mi nuca y soy una más entre todas las demás.
Sin dar la espalda al muro, como un cangrejo avergonzado, desando lo andado y vuelvo al espacio abierto de la plaza donde, indecisos e inseguros, grupos de turistas sacan fotos desde lejos sin atreverse a más. La energía concentrada en el ambiente me va liberando poco a poco, como un ave rapaz que ha decidido soltar la presa que se debate entre sus garras porque ya no le interesa. Un grupo de militares de sexo femenino portando grandes armas de destrucción de masas, se pasea indiferentes al espectáculo circundante. Procuro apartarme lo más posible del punto de mira de sus fusiles; ver tantas armas de cerca, rozándome la falda, me desasosiega a la vez que enrrabieta por dentro. Pistolas y fusiles forman parte del paisaje urbano con una naturalidad que me resulta estremecedora y no sólo en manos de militares sino portadas también ostentosamente por ciudadanos civiles que se sienten permanentemente amenazados.
Avanzo a paso ligero hacia las callejuelas del barrio árabe, al zoco sempiterno del guirigay de los comerciantes, sus llamadas, el ajetreo incesante. En unos instantes dejo atrás la milenaria creencia para sumergirme en otro credo, otra cultura, otro olor a especias picantes y comida halal en vez de kosher. Camino calle adoquinada arriba enfrentando la primer horda de turistas de la mañana, apenas son las diez y el grupo abigarrado de rusos en prieta camiseta y rusas en prietos (y desbordantes) vestidos –eso sí, pañoleta a mano por si acaso- me marcan el camino de la Vía dolorosa que estoy hollando desde hace un rato sin darme apenas cuenta.
Dicen que Jesús transitó estas mismas calles en su camino hacia el calvario; adoquines sucios, viejos y con huellas de mil peleas (nunca limpios del todo de la sangre derramada en sus guerras) me llevan hasta un recodo sombrío en el que me amparo por unos instantes.
Tras de mí una puerta estrecha, una callejuela, un hombre sentado en el suelo con su túnica blanca y sucia y la Biblia en la mano. Por un instante sufro una alucinación que achaco rápidamente al magro desayuno ingerido y al castigo de los rayos solares. Me acerco lo suficiente como para comprobar que, efectivamente, es Él, quien me sonríe melifluamente. Hablamos un rato en cualquier lengua –eso es lo de menos. Su nombre es Santiago y es discípulo de Cristo además de padecer “el síndrome de Jerusalén”; sólo tiene lo puesto y quiere ser como su “Maestro”, predicando los Evangelios y, descalzo de pies y anhelos, nada pide y da lo que tiene: el mensaje sempiterno de todos somos hermanos y Dios nos guía por caminos tortuosos. Hablamos largo y tendido –largo y sentado- en las frescas piedras del callejón.
Algunos turistas nos cruzan y se detienen a por la foto; unos piden permiso, otros no. Supongo que se llevan también mi imagen de recuerdo junto a la de Él. La sensación de mareo sigue adueñándose de mí y ahora ya sé que no es un bajón de azúcar sino un subidón de otro cariz.
Me despido del “profeta errante” y aprovecho que la marabunta va hacia el Sur para dirigirme hacia el Norte. Allí mismo, escondida en la penúltima curva del zoco aparece la Iglesia del Santo Sepulcro.
Bajo a la cripta buscando el frescor del silencio y el amparo de la semipenumbra mientras en el hall principal los “creyentes” se abalanzan sobre la supuesta o auténtica tumba de Cristo para restregar sobre la madera pañuelos, fotografías, souvenirs.
Me da cierto reparo fotografiarlos, pero ellos lo hacen entre sí sin pudor alguno. Los flahses destellan impunemente mientras los custodios del lugar (monjes que recaban propinas) soportan hieráticos su jornada laboral. Llega la hora de la comida y empiezan a abrirse claros entre la muchedumbre: el estómago no perdona los sobresaltos del espíritu enfervorizado, eso está claro.
En un tejado sobre la ciudad vieja, entre antenas parabólicas y geranios reventones, me sumerjo en el frescor de unos mezzes de colores (diez pequeños platillos con ensaladas, falafel y humus) que me ayudan a atemperar las emociones de la mañana. Una jarra de agua fresca con menta y limón me aclara las ideas y me recuerda lo que soy y dónde estoy. Una intrusa descreída en la ciudad de la fe; aunque cada uno se pelee por la suya a golpe de fusil. (Pero este es otro tema)
En fin.
LaAlquimista