Los que hemos sido educados a golpe de crucifijo sabemos muy bien de los beneficios colaterales del saber perdonar. Lo de poner la otra mejilla no está tan claro, ahí la cosa empieza ya a chirriar por aquello de que te tomen por tonto, pero aprender a perdonar al que nos ha ofendido, con esa generosidad superior de los ungidos, ese día fuimos todos a clase aunque no entendiéramos del todo la lección.
Porque no nos adoctrinaron bien. Omitieron–y no por olvido sino con artera intención- lo más importante: el paso básico para llegar al perdón universal pasando por la penitencia individual. Es decir, nos negaron el truco para perdonarnos PRIMERO a nosotros mismos, antes bien, fomentaron el sentimiento de la CULPA ecuménica para tenernos bien amarrados. Pero como esto no es un púlpito ni yo maestra de nada, ahí van varios ejemplos de los de andar por casa por si a alguien “le suenan de algo”.
Y ahora que ya me he quedado a gusto con mi cuarto de hora de psicología en zapatillas, me voy a perdonar a mí misma por llevar toda la vida nadando contra corriente y para celebrarlo voy a la cita semanal con mi confesor espiritual. Con mucho hielo y cáscara de limón.
Felices los felices
LaAlquimista
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