
Sábado noche; terraza de un restaurante al aire libre en un monte con vistas al “marco incomparable” y con ganas de cenar bien y disfrutar de buena compañía. Justo cuando salía de casa me dijeron: “¿Te traes al perro?” y viendo sus ojillos que ya habían aceptado que no le tocaba salir agarré la correa y, entre brincos de alborozo, me lo llevé conmigo. Elur es un bichón maltés de tamaño mediano, obediente e inteligente (o eso dice el veterinario), de esos perros que uno puede llevarse a todos lados porque saben estar en su sitio sin molestar.
Y allí estaba, debajo de la mesa, atado con correa y satisfecho de oler la crema hidratante de las piernas de su “jefa”… De repente, un perrazo de más de veinte kilos se abalanzó bajo nuestra mesa buscando a su presa que, atada como estaba y sin posibilidad de huir, quedó enganchada en un abrir y cerrar de ojos entre sus fauces. Entre los gritos y las patadas que le di al perro agresor y que mi acompañante alzó a Elur del suelo y lo protegió entre sus brazos, copas y platos salieron por los aires y la mesa cayó al suelo produciendo el natural estruendo. Pero mi perro ya había recibido una enorme dentellada en mitad del lomo.
En pocos segundos el dueño del perro atacante estaba allí –un chico de menos de cuarenta- con la correa para sujetarlo y el gesto enfadado y torcido en mi contra por haberle dado una patada a su perro. Luego vino la ira.
-¿Por qué dejas a tu perro suelto si es una fiera?
– Mi perro no es una fiera y lo llevo suelto porque quiero.
– Pero ¿no ves la sangre, no ves lo que le ha hecho al pobre animal?
– Mi perro no muerde, el tuyo se habrá cortado con el cristal de las copas…
Ya está, -me dije- ya me he topado con el cretino universal que utiliza sus argumentos kafkianos para acallar las razones cartesianas con sus perogrulladas… Y como intuí la que se avecinaba –rodeada de dos docenas de testigos- le exigí se identificara para asumir su responsabilidad y las consecuencias del acto provocado por su desidia y falta de vergüenza al dejar suelto a un perrazo “malo”.
Me dio el número de su móvil y ahí le he llamado esta mañana para exigirle el reintegro de los 120€ que me ha cobrado el veterinario por curarle las heridas de la dentellada que tiene Elur en el lomo, los antibióticos, los analgésicos y… menos mal que no tienen los canes memoria traumática que si no lo tengo que llevar al psicólogo de perros para que no se le quede en el subconsciente perruno la brutal agresión.
La reflexión es la siguiente: si cuando no tenía perro me llevaban los demonios los perros sueltos que pululan por la ciudad… ahora que tengo perro –y lo llevo atado SIEMPRE- ¿qué hago? ¿Me paso al bando (mayoritario) de quienes se pasan la normativa que dice que TODOS los perros deben ir atados en la ciudad por el mismísimo arco de triunfo o sigo ejerciendo de ciudadana respetuosa y estúpida, visto lo visto?
Ahora Elur apenas puede andar y me mira con ojillos agradecidos por la ración extra de mimos y cariños que le hemos prodigado en casa.
Todos me dicen que denuncie al ciudadano irresponsable y abusador y yo me digo… ¿vale la pena?… el Universo es tan sabio como la naturaleza y juega sus manos con cartas inusitadas…quien sabe…
Por lo menos fui capaz de expresar toda la ira que me produjo el suceso y no me quedé con nada en la mochila. Y él tuvo el buen juicio y criterio de aguantar el chaparrón y callarse… aunque era digna de ver la mirada enfurecida que me dirigió su señora esposa… supongo que queriéndome decir algo así como “a mi marido sólo le chillo yo…”
En fin.
LaAlquimista