{"id":1392,"date":"2017-10-09T11:31:23","date_gmt":"2017-10-09T09:31:23","guid":{"rendered":"http:\/\/blogs.diariovasco.com\/correo-historia\/?p=1392"},"modified":"2017-10-09T11:31:23","modified_gmt":"2017-10-09T09:31:23","slug":"historia-de-las-palabras-y-de-la-moda-jurar-como-un-carretero-a-d-1800","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/blogs.diariovasco.com\/correo-historia\/2017\/10\/09\/historia-de-las-palabras-y-de-la-moda-jurar-como-un-carretero-a-d-1800\/","title":{"rendered":"Historia de las palabras (y de la Moda): \u201cjurar como un carretero\u201d (A. D. 1800)"},"content":{"rendered":"<p><strong>Por Carlos Rilova Jeric\u00f3<\/strong><\/p>\n<p><a href=\"https:\/\/static-blogs.diariovasco.com\/wp-content\/uploads\/sites\/34\/2017\/10\/Rowlandson-requisitos-para-er-un-hombre-a-la-moda-1814.jpg\"><img loading=\"lazy\" class=\"alignleft size-medium wp-image-1393\" src=\"https:\/\/static-blogs.diariovasco.com\/wp-content\/uploads\/sites\/34\/2017\/10\/Rowlandson-requisitos-para-er-un-hombre-a-la-moda-1814-300x213.jpg\" alt=\"rowlandson-requisitos-para-er-un-hombre-a-la-moda-1814\" width=\"300\" height=\"213\" srcset=\"https:\/\/static-blogs.diariovasco.com\/wp-content\/uploads\/sites\/34\/2017\/10\/Rowlandson-requisitos-para-er-un-hombre-a-la-moda-1814-300x213.jpg 300w, https:\/\/static-blogs.diariovasco.com\/wp-content\/uploads\/sites\/34\/2017\/10\/Rowlandson-requisitos-para-er-un-hombre-a-la-moda-1814.jpg 564w\" sizes=\"(max-width: 300px) 100vw, 300px\" \/><\/a>Como todas las expresiones que tienen, por lo menos, dos siglos a las espaldas \u00e9sta de la que voy a hablar hoy en este nuevo correo de la Historia, ha perdido ya todo su significado. Hasta para los historiadores. A menos que nos tomemos la molestia de indagar un poco en el tema<\/p>\n<p>Y la verdad es que la cosa tiene su profundidad hist\u00f3rica. En efecto, para llegar a saber de d\u00f3nde viene y qu\u00e9 significa esa expresi\u00f3n de \u201cjurar como un carretero\u201d tenemos que viajar, en el Tiempo y en el Espacio, hasta por lo menos la Inglaterra de las guerras napole\u00f3nicas, haciendo una larga parada en el rutilante Londres de la llamada \u201cRegencia\u201d.<\/p>\n<p>Para entrar en ese complejo y sofisticado mundo uno de los mejores gu\u00edas es el historiador brit\u00e1nico J. B. Priestley. En su detallada obra sobre ese per\u00edodo hist\u00f3rico -\u201cThe prince of pleasure and his Regency\u201d, imprescindible para comprender esa \u00e9poca- nos descubr\u00eda detalles muy curiosos. Por ejemplo la verdadera locura del rey Jorge (poco que ver con la obra de teatro y la pel\u00edcula que se bas\u00f3 en ella) y como \u00e9sta provoc\u00f3 la instauraci\u00f3n de la Regencia al ser imposible ya que el monarca siguiera ostentando siquiera su simb\u00f3lico poder.<\/p>\n<p>La Inglaterra y, sobre todo, el Londres de esa \u00e9poca -la Regencia (\u201cRegency\u201d para los anglosajones, \u201cImperio\u201d para los europeos continentales)- son los lugares en los que se desarrolla y vive una sociedad convulsa y agitada, que ve c\u00f3mo se derrumban r\u00e1pidamente las estructuras sociales, pol\u00edticas y hasta econ\u00f3micas que, hasta la irrupci\u00f3n de la revoluci\u00f3n francesa de 1789, se hab\u00edan mantenido m\u00e1s o menos estables.<\/p>\n<p>En efecto, en el Londres de, por ejemplo, 1810, ya nada es como pod\u00eda haber sido en 1788. La vestimenta sobre todo, ha sufrido cambios alarmantes. Acaso el dato m\u00e1s fr\u00edvolo pero, al mismo tiempo, m\u00e1s revelador para descubrir un verdadero cambio de \u00e9poca en una sociedad (como nos lo indic\u00f3 Fernand Braudel en su monumental obra sobre la llamada \u201clarga duraci\u00f3n\u201d en la Historia).<\/p>\n<p>En efecto, los elegantes de Inglaterra, de la \u201cCity\u201d londinense, visten en esa \u00e9poca ropas que hoy nos pueden parecer llenas de elegancia y magnificencia pero, en realidad, revelan una curiosa forma de casticismo equivalente a la moda del Majismo extendida entre la nobleza espa\u00f1ola de unos pocos a\u00f1os antes.<\/p>\n<p>As\u00ed es, los caballeros londinenses e ingleses admirados por las hero\u00ednas de Jane Austen, con sus botas cortas y sus fracs ligeros, as\u00ed como con sus chisteras, no quieren dar lecciones de aristocr\u00e1tica elegancia como s\u00ed lo pudieron pretender los petimetres de la \u00e9poca inmediatamente anterior; la llamada \u201cgeorgiana\u201d, que vendr\u00eda a coincidir con la de la segunda mitad del siglo XVIII, previa al estallido revolucionario de 1789.<\/p>\n<p>Nada de eso. Nada de elegancia de pelucas empolvadas, caras cubiertas de albayalde y arrebol y trajes completos de seda, sat\u00e9n, terciopelo y otras delicadas materias.<\/p>\n<p>El dandy de la \u00e9poca Regencia aborrece de esos amaneramientos. As\u00ed es, el dandy londinense de la Regencia (o \u00e9poca napole\u00f3nica si lo preferimos), y de rechazo el del resto de aquella Europa convulsionada por la revoluci\u00f3n plebeya de 1789, quiere parecer, en realidad, un cochero. Y no s\u00f3lo en esa aproximaci\u00f3n a la vestimenta. En sus maneras tambi\u00e9n quiere ser ese proletario elegante que es el cochero. Y para ello no duda en imitar sus rudas maneras revestido, adem\u00e1s, con su indumentaria. Quiere aprender a pelear como un cochero, a beber como un cochero, a manejar su coche de caballos como un cochero, a jurar como un cochero (tanto vale decir un carretero) e incluso a escupir como un cochero&#8230;<\/p>\n<p>El libro de J. B. Priestley nos dice que, en efecto, uno de los m\u00e1s conspicuos elegantes del Londres de la Regencia, el se\u00f1or Akers, lleg\u00f3 a pagar la nada desde\u00f1able suma de 50 guineas para que un conductor de la l\u00ednea de diligencias Cambridge Telegraph le ense\u00f1ase a escupir al estilo de los cocheros.<\/p>\n<p>Priestley tambi\u00e9n nos cuenta que otros de mayor alcurnia, como <em>sir<\/em> John Lade y su mujer, amante en su d\u00eda de un bandolero que acab\u00f3 colgado en 1770, conduc\u00edan sin intermediarios su propio coche de caballos (algo muy habitual en aquella Inglaterra con inclinaci\u00f3n al plebeyismo) y comport\u00e1ndose del modo m\u00e1s soez que pueda imaginarse. A la altura, desde luego, de esos cocheros convertidos en objeto de imitaci\u00f3n. Ella, nos dice Priestley, se destacaba a\u00fan m\u00e1s precisamente por jurar como una aut\u00e9ntica \u201ccochera\u201d (o \u201ccarretera\u201d si as\u00ed lo preferimos) en cuanto se le presentaba la ocasi\u00f3n de abrir la boca&#8230;<\/p>\n<p>Naturalmente los humoristas gr\u00e1ficos de la \u00e9poca se hicieron eco de todo esto. Especialmente elocuente es la caricatura de Rowlandson del a\u00f1o 1814 que ilustra hoy este art\u00edculo y que \u00e9l titul\u00f3 \u201cTres requisitos para hacer un Hombre a la moda\u201d. Uno de ellos era vestir como un cochero, otro aprender boxeo y, finalmente, hablar como un barriobajero de manera fluida&#8230;<\/p>\n<p>Al menos dos cuadros de Goya nos indican que la nobleza espa\u00f1ola de la \u00e9poca tampoco fue, en absoluto, ajena, a esa moda que ven\u00eda de Londres. Basta, desde luego, con comparar im\u00e1genes como la de Rowlandson con cuadros como el del Marqu\u00e9s de San Adri\u00e1n del Museo de Navarra o el del duque de Osuna, en el Museo Bonnat de Bayona.<\/p>\n<p>El parecido es, desde luego, sorprendente y muy a tener en cuenta antes de decir nada sobre el Majismo de esa nobleza espa\u00f1ola y sus trajes mal llamados \u201cgoyescos\u201d identificados como tales, simplemente, por el uso de la redecilla para el pelo y la chaqueta corta conocida como &#8220;marselles&#8221;, obviando el amplio cat\u00e1logo de atuendos espa\u00f1oles en boga en esa \u00e9poca que nos ofrece la obra de Goya. Perfectamente visible en estos dos altos arist\u00f3cratas espa\u00f1oles que, parad\u00f3jicamente, a imitaci\u00f3n de sus pares brit\u00e1nicos, tambi\u00e9n se empe\u00f1an en vestir como cocheros y, probablemente, en jurar como carreteros si era preciso&#8230;<\/p>\n<!-- AddThis Advanced Settings generic via filter on the_content --><!-- AddThis Share Buttons generic via filter on the_content -->","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Por Carlos Rilova Jeric\u00f3 Como todas las expresiones que tienen, por lo menos, dos siglos a las espaldas \u00e9sta de la que voy a hablar hoy en este nuevo correo de la Historia, ha perdido ya todo su significado. Hasta para los historiadores. 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