{"id":2519,"date":"2020-07-27T11:30:03","date_gmt":"2020-07-27T09:30:03","guid":{"rendered":"https:\/\/blogs.diariovasco.com\/correo-historia\/?p=2519"},"modified":"2020-07-27T11:30:03","modified_gmt":"2020-07-27T09:30:03","slug":"breve-historia-familiar-del-pintor-de-robespierre-madame-de-seriziat-en-1795","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/blogs.diariovasco.com\/correo-historia\/2020\/07\/27\/breve-historia-familiar-del-pintor-de-robespierre-madame-de-seriziat-en-1795\/","title":{"rendered":"Breve Historia familiar del pintor de Robespierre: Madame de S\u00e9riziat en 1795"},"content":{"rendered":"<p><strong>Por Carlos Rilova Jeric\u00f3<\/strong><\/p>\n<p><img loading=\"lazy\" class=\"alignleft wp-image-2522\" title=\"Madame de S\u00e9riziat, por Jacques-Louis David (1795). Museo del Louvre\" src=\"https:\/\/static-blogs.diariovasco.com\/wp-content\/uploads\/sites\/34\/2020\/07\/Madame-S\u00e9riziat-2-218x300.jpg\" alt=\"\" width=\"259\" height=\"356\" srcset=\"https:\/\/static-blogs.diariovasco.com\/wp-content\/uploads\/sites\/34\/2020\/07\/Madame-S\u00e9riziat-2-218x300.jpg 218w, https:\/\/static-blogs.diariovasco.com\/wp-content\/uploads\/sites\/34\/2020\/07\/Madame-S\u00e9riziat-2.jpg 372w\" sizes=\"(max-width: 259px) 100vw, 259px\" \/>Era un ni\u00f1o la primera vez que vi a esa mujer, Madame de S\u00e9riziat, pintada por el c\u00e9lebre Jacques-Louis David. Fue a mediados de la d\u00e9cada de los setenta del siglo pasado. La trajo hasta mi, en una colecci\u00f3n de postales, una amiga de mi abuela materna que trabajaba, por aquel entonces, en el Par\u00eds de la resaca sesentayochista. Juana Caballero, que as\u00ed se llamaba esa amiga de mi abuela -nacida con la gripe mal llamada \u201cespa\u00f1ola\u201d y superviviente a la actual- hab\u00eda encontrado acomodo en la Francia postgaullista. De hecho, al servicio de uno de sus principales partidarios, al que no le sentaban nada bien, por cierto, las \u00ednfulas excesivamente igualitarias y democr\u00e1ticas de aquella espa\u00f1ola, seg\u00fan ella misma me cont\u00f3 a\u00f1os despu\u00e9s con una serie de an\u00e9cdotas bastante jocosas.<\/p>\n<p>De ah\u00ed, de esos viajes y estancias en Par\u00eds, vinieron las visitas al Louvre y de ah\u00ed llegaron a mis manos y a las de mi hermana mayor aquellas fascinantes cartulinas con reproducciones a todo color de cuadros del que entonces yo no sab\u00eda era el pintor de un dictador sanguinario -Maximilien Robespierre- y que, como tal, tuvo una vida bastante interesante. Pues sobrevivi\u00f3, y muchos a\u00f1os, al Incorruptible Robespierre que, como muchos otros tiranos, tuvo la gran idea de salvar a la Humanidad empezando por ejecutarla en masa. Primero dentro de Francia y luego ya se ver\u00eda. Siempre, por supuesto, por el bien de los ejecutados, incapaces, en su contumacia, de ver las ventajas del nuevo orden. Extra\u00f1o argumento que suele ser habitual en ese tipo de mentes enfermas y podridas de soberbia que, al final, lo \u00fanico que suelen conseguir es, tras repartir mucho dolor y miseria -generalmente ajena- llenar los vertederos de los libros de Historia.<\/p>\n<p>En aquella colecci\u00f3n de postales estaban los cuadros m\u00e1s conocidos de ese pintor \u00e1ulico de Robespierre, Jacques-Louis David. Por ejemplo el enf\u00e1tico \u201cJuramento de los Horacios\u201d, pintado en 1784, a\u00f1os antes de que la revoluci\u00f3n de 1789 impusiera el mundo cl\u00e1sico casi como fuente \u00fanica de inspiraci\u00f3n. Tambi\u00e9n estaba en la colecci\u00f3n otro cuadro inspirado en ese mundo cl\u00e1sico: \u201cEl rapto de las sabinas\u201d, que David pintar\u00eda pasada ya la tormenta revolucionaria, en 1799. Tras sobrevivir a toda aquella vor\u00e1gine que a punto estuvo de costarle la cabeza\u2026<\/p>\n<p>Pero en medio de esos cuadros se encontraba uno que me llam\u00f3 poderosamente la atenci\u00f3n y que apenas parec\u00eda propio de aquel pintor de virtuosos h\u00e9roes del mundo cl\u00e1sico. Era el de una joven mujer, vestida a la moda que llaman \u201cImperio\u201d con un sencillo vestido blanco y un sombrero de p\u00e9talo o capota, de esos tan caracter\u00edsticos en todo Occidente entre 1800 y 1860 aproximadamente.<\/p>\n<p>La mujer sonre\u00eda al pintor, y a los espectadores que iban a ver, a\u00f1os, siglos despu\u00e9s, aquella pintura. En la mano sosten\u00eda un ramillete de flores -aparentemente recogidas en el campo- y ten\u00eda apoyado en una de sus piernas a un ni\u00f1o, su hijo \u00c9mile, que parec\u00eda algo renuente a ser retratado.<\/p>\n<p>El cuadro estaba pintado en el a\u00f1o 1795 y a mi me llev\u00f3 a\u00f1os saber qui\u00e9n era la mujer que sonre\u00eda tan amable, tan c\u00e1lidamente desde el fondo de dos siglos. Principalmente porque la joven Madame \u00c9milie de S\u00e9riziat -que ese era su nombre- apenas tiene Historia propiamente dicha. Es m\u00e1s, si miramos en los libros dedicados a Jacques-Louis David, descubrimos que este retrato y el de su marido, Monsieur de S\u00e9riziat, que el pintor de Robespierre realiza en la misma fecha, se consideran como obras menores.<\/p>\n<p>Basta con ver, por ejemplo, el espacio que le dedica Eugenio Carmona en su libro \u201cDavid\u201d, parte de la colecci\u00f3n editada por Historia 16 titulada \u201cEl Arte y sus creadores\u201d. Es muy poco lo que nos cuenta Carmona de ese cuadro, que queda eclipsado por el del propio marido de Madame de S\u00e9riziat y por las consideradas grandes obras de David.<\/p>\n<p>Sin embargo, el retrato de Madame de S\u00e9riziat, pr\u00f3spera burguesa de Saint-Ouen, nos dice muchas cosas sobre ella y sobre la \u00e9poca que tuvo que vivir.<\/p>\n<p>Lo primero que, en el a\u00f1o 1795, tras la ca\u00edda de Robespierre y su r\u00e9gimen de terror, hasta los m\u00e1s enconados partidarios de ese sistema -que pretende purificar Francia de vicios aristocr\u00e1ticos y contrarrevoluci\u00f3n por medio de un ba\u00f1o de sangre cada vez m\u00e1s indiscriminado- han moderado mucho ese entusiasmo que David demostrar\u00e1 pintando el \u201cJuramento del Juego de Pelota\u201d, glorificando el inicio de la revoluci\u00f3n en 1789.<\/p>\n<p>O cuadros extra\u00f1amente retorcidos y vanguardistas para la \u00e9poca. Como la muerte del tambor Bara. H\u00e9roe-ni\u00f1o de esa misma revoluci\u00f3n que ha dado lugar, hace no muchos a\u00f1os, a una de esas que ahora llaman \u201cnovela gr\u00e1fica\u201d -\u201cLe Ciel au-dessus du Louvre\u201d- en la que, por medio de un relato m\u00e1s ficticio que real, Jean-Claude Carri\u00e8re y Bernar Yslaire descubren toda la oscuridad que el pintor David era capaz de contener en esa mente de la que luego salen apabullantes cuadros como \u201cEl rapto de las sabinas\u201d.<\/p>\n<p>En efecto, en 1795 David no est\u00e1 ya para muchos \u00e9nfasis revolucionarios. Es pr\u00e1cticamente un proscrito al que se le conocen muy estrechas relaciones con los jacobinos. Reci\u00e9n defenestrados y pr\u00e1cticamente puestos fuera de la ley por el hartazgo general frente a su pol\u00edtica asesina de \u201cel Terror a la orden del d\u00eda\u201d.<\/p>\n<p>Es as\u00ed como David acaba en lo que ahora son las afueras de Par\u00eds, en Saint-Ouen, para pasar una temporada en casa de sus cu\u00f1ados, los S\u00e9riziat. A los cuales devolvi\u00f3 el favor inmortaliz\u00e1ndolos en sendos retratos.<\/p>\n<p>All\u00ed, en Saint-Ouen, David estaba esperando a que se calmasen los \u00e1nimos y la sed de venganza que reclamaba exigir responsabilidades a los que, como \u00e9l, no se hab\u00edan cansado de pedir la purificaci\u00f3n de Francia por medio de masivas ejecuciones en las que al final cab\u00eda cualquiera. Ya fueran m\u00e1s o menos culpables arist\u00f3cratas, supuestos esp\u00edas de los brit\u00e1nicos, presuntos acaparadores, o cualquiera que, al fin y al cabo, tuviera motivo de queja contra un gobierno -el de Maximilien Robespierre- que cre\u00eda ser el centro de todas las virtudes p\u00fablicas y hasta ten\u00eda un Comit\u00e9 de Salud P\u00fablica que buscaba eso mismo precisamente: salvar, sanar, a la sociedad por medio de esas dr\u00e1sticas medidas en la que el bistur\u00ed era la guillotina.<\/p>\n<p>La reacci\u00f3n termidoriana, de la que hablaba semanas atr\u00e1s en esta misma p\u00e1gina en torno a la figura de una de sus principales protagonistas -la espa\u00f1ola Teresa Cabarr\u00fas- hab\u00eda puesto fin a todo eso y los cuadros de los S\u00e9riziat demostraban muy gr\u00e1ficamente que a Jacques-Louis David se le hab\u00edan acabado las ganas de los experimentos sociol\u00f3gicos a la sombra de iluminados sanguinarios como Robespierre.<\/p>\n<p>El interludio con los S\u00e9riziat, con su bella y amable cu\u00f1ada, plasmada en aquella tela, sirvi\u00f3 a David de bien poco. Pues, como nos cuenta el libro de Carmona ya citado, las autoridades termidorianas le echaron la mano encima, lo devolvieron a Par\u00eds y lo metieron en las mismas c\u00e1rceles donde a\u00fan esperaban la Libertad muchos de los que \u00e9l hab\u00eda puesto all\u00ed, cuando viv\u00eda su demencia revolucionaria a la sombra de Robespierre.<\/p>\n<p>El recibimiento que estos le hicieron fue mucho mas civilizado, limit\u00e1ndose a re\u00edrse de \u00e9l y de su cambio de fortuna y a abuchearlo. Por suerte para Jacques-Louis David \u00e9l, a diferencia de muchos a los que envi\u00f3 al cadalso en su calidad de jacobino, hab\u00eda ca\u00eddo en manos de un sistema m\u00e1s humano. Eso le permiti\u00f3 sobrevivir y volver de la sencillez humilde -casi acobardada- de retratos como el de Madame de S\u00e9riziat, a nuevos cuadros grandilocuentes. Esta vez al servicio de otro visionario con bastante sed de sangre: Napole\u00f3n Bonaparte, cuya m\u00e1xima gloria, autocoron\u00e1ndose como ef\u00edmero emperador, tuvo el honor de pintar Jacques-Louis David. Aquel turbulento artista de una \u00e9poca turbulenta pero fascinante por esa misma raz\u00f3n. Como lo demuestran cuadros como el de la bella, amable, tranquila, Madame de S\u00e9riziat\u2026<\/p>\n<!-- AddThis Advanced Settings generic via filter on the_content --><!-- AddThis Share Buttons generic via filter on the_content -->","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Por Carlos Rilova Jeric\u00f3 Era un ni\u00f1o la primera vez que vi a esa mujer, Madame de S\u00e9riziat, pintada por el c\u00e9lebre Jacques-Louis David. Fue a mediados de la d\u00e9cada de los setenta del siglo pasado. 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