{"id":2559,"date":"2020-08-31T11:30:00","date_gmt":"2020-08-31T09:30:00","guid":{"rendered":"https:\/\/blogs.diariovasco.com\/correo-historia\/?p=2559"},"modified":"2020-08-31T11:30:00","modified_gmt":"2020-08-31T09:30:00","slug":"el-cardenal-alberoni-y-el-sindrome-de-napoleon-o-una-valiosa-leccion-de-historia","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/blogs.diariovasco.com\/correo-historia\/2020\/08\/31\/el-cardenal-alberoni-y-el-sindrome-de-napoleon-o-una-valiosa-leccion-de-historia\/","title":{"rendered":"El cardenal Alberoni y el s\u00edndrome de Napole\u00f3n o una valiosa lecci\u00f3n de Historia"},"content":{"rendered":"<p><strong>Por Carlos Rilova Jeric\u00f3<\/strong><\/p>\n<p><img loading=\"lazy\" class=\"alignleft wp-image-2560\" title=\"Napole\u00f3n visto como un liliputiense por Jorge III. Caricatura de James Gillray (1803)\" src=\"https:\/\/static-blogs.diariovasco.com\/wp-content\/uploads\/sites\/34\/2020\/08\/George-III-Gulliver-Napoleon-I-Por-Gilrayking-cartoon-1803-225x300.jpg\" alt=\"\" width=\"272\" height=\"363\" srcset=\"https:\/\/static-blogs.diariovasco.com\/wp-content\/uploads\/sites\/34\/2020\/08\/George-III-Gulliver-Napoleon-I-Por-Gilrayking-cartoon-1803-225x300.jpg 225w, https:\/\/static-blogs.diariovasco.com\/wp-content\/uploads\/sites\/34\/2020\/08\/George-III-Gulliver-Napoleon-I-Por-Gilrayking-cartoon-1803-768x1023.jpg 768w, https:\/\/static-blogs.diariovasco.com\/wp-content\/uploads\/sites\/34\/2020\/08\/George-III-Gulliver-Napoleon-I-Por-Gilrayking-cartoon-1803-471x628.jpg 471w, https:\/\/static-blogs.diariovasco.com\/wp-content\/uploads\/sites\/34\/2020\/08\/George-III-Gulliver-Napoleon-I-Por-Gilrayking-cartoon-1803.jpg 1201w\" sizes=\"(max-width: 272px) 100vw, 272px\" \/>Tanto el cardenal Giulio Alberoni como el emperador Napole\u00f3n han estado presentes en mucho de lo que, como historiador, llevo escribiendo desde, por lo menos, el a\u00f1o 2004. Son dos personajes verdaderamente llamativos. De eso no hay duda. Y sus destinos -como ya se ha visto en anteriores correos de la Historia- se cruzaron con muchos lugares y archivos en los que este historiador ha estado por distintas razones.<\/p>\n<p>Tanto tiempo juntos, por as\u00ed decir, me ha llevado a observar con bastante detenimiento a esos dos protagonistas de la Historia y las conclusiones a las que he llegado con esa observaci\u00f3n, son tan interesantes como inquietantes pero instructivas.<\/p>\n<p>La distancia hist\u00f3rica que hay entre los dos es considerable, pero m\u00ednima en el tiempo. El cardenal nacer\u00e1 en 1664. Napole\u00f3n en 1769. Es decir, 105 a\u00f1os despu\u00e9s de que lo hiciera Alberoni, que morir\u00eda en 1752. Es decir, diecisiete a\u00f1os antes de que Napole\u00f3n viera la luz en Ajaccio. No son, pues, tanto los a\u00f1os como otras circunstancias las que alejan a estos dos personajes hist\u00f3ricos, que, sin embargo, tienen un punto de convergencia del que, efectivamente, se pueden sacar valiosas lecciones de Historia.<\/p>\n<p>As\u00ed es. Lo que en realidad separa al cardenal Alberoni del emperador Napole\u00f3n, m\u00e1s que los a\u00f1os, es el cambio de \u00e9poca.<\/p>\n<p>Giulio Alberoni es una criatura dieciochesca perfectamente decantada. Un hombre del Siglo de las Luces, del Barroco, de la Europa ilustrada. Napole\u00f3n no. Pese a haber nacido y vivido, durante mucho tiempo, en ese mismo Siglo de las Luces.<\/p>\n<p>En efecto, aquel joven teniente de Artiller\u00eda de aspecto ast\u00e9nico que trata de abrirse paso en la Francia de Luis XVI y Mar\u00eda Antonieta, es una criatura hist\u00f3rica que espera la llegada de un nuevo mundo que sale del siglo que llaman ilustrado (como en su d\u00eda lo definieron Jos\u00e9 Checa Beltr\u00e1n y Joaqu\u00edn \u00c1lvarez Barrientos) pero que lo rebasa hist\u00f3ricamente con gran rapidez. Es en ese v\u00e9rtigo, en esa aceleraci\u00f3n de la Historia que lo cambia todo, en el que Napole\u00f3n deja de ser una sombra an\u00f3nima en los acontecimientos hist\u00f3ricos para brillar en ellos con una luz cegadora a veces.<\/p>\n<p>Esas circunstancias alejan la biograf\u00eda del emperador de la del cardenal, pero no por eso dejan de tener alg\u00fan paralelismo. Y es f\u00e1cil que as\u00ed sea por una raz\u00f3n que obedece a una caracter\u00edstica atemporal en eso que llamamos \u201cesp\u00edritu humano\u201d. A saber: la ambici\u00f3n, el deseo de perdurar en la Memoria colectiva, de entrar en esa Fama que el Renacimiento ha puesto a la orden del d\u00eda -retom\u00e1ndola del Mundo cl\u00e1sico- y que ha dominado muchas de las acciones humanas hasta hoy mismo.<\/p>\n<p>As\u00ed es, Giulio Alberoni fue definido sarc\u00e1sticamente por Alejandro Dumas padre como un \u201ccocinero de macarrones\u201d. Esa iron\u00eda tan aguda que Dumas dejaba caer en \u201cEl caballero de Harmental\u201d (novela de la que ya se ha hablado en estas p\u00e1ginas en otras ocasiones) no estaba lejos de la realidad. Alberoni era un hombre de or\u00edgenes muy bajos, hijo de un jardinero. Sin embargo supo aprovechar las oportunidades que ofrec\u00eda la sociedad europea del Barroco. Es decir: esa deferencia de los que estaban instalados en el poder -por haber nacido en el estamento nobiliar- hacia aquellos miembros del tercer estado que, por su inteligencia, destacaban y eran cooptados para ser convertidos en criaturas (ese era el termino usado en la \u00e9poca) de esos potentados.<\/p>\n<p>Es as\u00ed como Giulio Alberoni entr\u00f3 a comienzos del siglo XVIII en la propia Corte de Versalles, obteniendo el favor de Luis XIV. A partir de ah\u00ed, gracias a su notable inteligencia, el futuro cardenal se abrir\u00e1 paso. Primero en Francia y luego en la corte espa\u00f1ola, donde tocar\u00e1 un poder casi omn\u00edmodo que llega a su cumbre en el a\u00f1o 1719.<\/p>\n<p>Eso ocurri\u00f3 despu\u00e9s de que el ya cardenal declarase la guerra a media Europa, lo que en 1717 -cuando todo empez\u00f3- significaba declar\u00e1rsela pr\u00e1cticamente al Mundo.<\/p>\n<p>As\u00ed es. Durante a\u00f1os, Alberoni prepar\u00f3 a la Espa\u00f1a de Felipe V para desafiar a las potencias europeas garantes de la Paz de Utrecht que hab\u00eda puesto fin a la larga Guerra de Sucesi\u00f3n espa\u00f1ola. Eso significaba desafiar a Gran Breta\u00f1a principalmente, pero tambi\u00e9n a la propia Francia de la que proced\u00eda Felipe V. Una Armada y unos ej\u00e9rcitos renovados sirvieron a esos intereses.<\/p>\n<p>Podr\u00eda parecer as\u00ed que Giulio Alberoni fue, en efecto, todo un Napole\u00f3n del siglo XVIII. Atacado de esa megaloman\u00eda que le habr\u00eda llevado a creer que podr\u00eda apoderarse de los destinos de Europa primero y del Mundo despu\u00e9s. En realidad no fue as\u00ed. Puede que el hijo del jardinero, el cocinero de macarrones, quisiera convertirse en un personaje principal, en hijo predilecto de la Fama que, por sus hechos, har\u00eda resonar su nombre siglos despu\u00e9s de su paso por este Mundo. Sin embargo, el cardenal sab\u00eda muy bien qu\u00e9 lugar ocupaba en aquel sistema social anterior a la revoluci\u00f3n francesa. No ignoraba que era una criatura cortesana que s\u00f3lo medraba gracias al favor de aquellos que el orden \u201cnatural\u201d de las cosas hab\u00eda colocado -por derecho de nacimiento- en la c\u00faspide de la pir\u00e1mide social.<\/p>\n<p>En su caso Alberoni sab\u00eda bien que era una criatura que ejecutaba los designios de la reina de Espa\u00f1a Isabel de Farnesio, sobrina del duque de Parma al que \u00e9l deb\u00eda parte de su encumbramiento. Su aparente poder, pues, durar\u00eda tanto como durase el favor de la reina, que era quien realmente hab\u00eda ideado todo aquel vasto movimiento de tropas, de conquistas de territorios que, sin embargo, acabaron, en el a\u00f1o 1719, con la carrera de Alberoni en una de las m\u00e1s poderosas cortes europeas.<\/p>\n<p>No padec\u00eda, pues, Giulio Alberoni eso que se llama \u201cs\u00edndrome de Napole\u00f3n\u201d. Si acaso lo sufr\u00eda su ama, Isabel de Farnesio. Aunque tampoco, pues ella no deseaba tanto dominar el Mundo -como Napole\u00f3n- sino recuperar viejas tierras patrimoniales en Italia para engrandecer a su casa ducal usando los poderosos recursos de la Espa\u00f1a que gobernaba su marido\u2026<\/p>\n<p>Para que surgiera un hombre que creyera que conquistar el Mundo era posible y que todo lo que se le ocurr\u00eda para ese fin era una idea genial que no pod\u00eda fallar -precisamente porque se le hab\u00eda ocurrido a \u00e9l- faltaba que esa Europa barroca se desfondase y surgiera una nueva sociedad en la que el talento personal -y no la cuna en la que se hab\u00eda nacido- fuera lo importante. Eso fue justo lo que ocurri\u00f3 cuando Napole\u00f3n lleg\u00f3 a la edad en la que pod\u00eda materializar esas grandes ambiciones merced a las grandes convulsiones sociales que llegaron tras 1789.<\/p>\n<p>Todo aquello hizo posible -en 1804- lo que no era posible -en 1719- para criaturas como Alberoni. Lo posible, sin embargo, como Napole\u00f3n aprendi\u00f3 finalmente, suele ser enemigo -en cualquier \u00e9poca- de lo factible. Es decir, puede que fuera posible -incluso necesario- declarar la guerra a Rusia al tiempo que las cosas iban de mal en peor en Espa\u00f1a para las tropas napole\u00f3nicas. Y que eso pareciera una excelente idea\u2026 a Napole\u00f3n\u2026 porque tal idea se le hab\u00eda ocurrido a Napole\u00f3n. Otra cosa bien distinta es que, m\u00e1s all\u00e1 de esa alucinaci\u00f3n personal, fuera factible que el soldado medio napole\u00f3nico sobreviviera a la falta de alimento y a temperaturas de decenas de grados bajo cero mientras hu\u00eda de tropas equipadas para ese clima y acostumbradas a \u00e9l.<\/p>\n<p>Ya sabemos c\u00f3mo acab\u00f3 ese choque entre lo que el \u201cs\u00edndrome de Napole\u00f3n\u201d cre\u00eda posible y lo que realmente era factible. Tres a\u00f1os despu\u00e9s Napole\u00f3n era cordialmente odiado en Francia, la inmensa mayor\u00eda lo hubiera matado de haber dado con \u00e9l y su amarga memoria de absurdas y catastr\u00f3ficas derrotas in\u00fatiles no se extingui\u00f3 hasta 1840. Cuando la monarqu\u00eda de Luis Felipe de Orleans decidi\u00f3 rehabilitarlo. Pero sin olvidar tanto sus fracasos como sus \u00e9xitos.<\/p>\n<p>No deja as\u00ed de ser llamativo, para el historiador, descubrir hoy, tres siglos despu\u00e9s del cardenal Alberoni, o dos despu\u00e9s de Napole\u00f3n, que esa lecci\u00f3n tan b\u00e1sica -la de que el s\u00edndrome de Napole\u00f3n acaba por devorar a quienes lo padecen- siga sin ser aprendida y, a\u00f1o tras a\u00f1o, aparezcan personajes -y hasta personajillos- que siguen so\u00f1ando con conquistar el Mundo e imponer sobre \u00e9l alguna especie de tiran\u00eda que siempre acaba en el mismo lugar. En humeantes campos de ruinas donde los presuntos amos del Mundo se suicidan, huyen hacia las sombras de la Historia o son ejecutados por aquellos que -como los ej\u00e9rcitos espa\u00f1oles formados en 1810 para derrotar a Napole\u00f3n- jam\u00e1s van a entender que tiranos de esa estirpe tengan ninguna ventaja real que ofrecerles.<\/p>\n<p>M\u00e1s all\u00e1 de mentiras interesadas y propaganda salida de cabezas que hace tiempo enfermaron bajo el s\u00edndrome de Napole\u00f3n sin siquiera saber que lo padec\u00edan. Y menos a\u00fan cu\u00e1les ser\u00edan las inevitables consecuencias finales de esa enajenaci\u00f3n mental\u2026<\/p>\n<!-- AddThis Advanced Settings generic via filter on the_content --><!-- AddThis Share Buttons generic via filter on the_content -->","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Por Carlos Rilova Jeric\u00f3 Tanto el cardenal Giulio Alberoni como el emperador Napole\u00f3n han estado presentes en mucho de lo que, como historiador, llevo escribiendo desde, por lo menos, el a\u00f1o 2004. Son dos personajes verdaderamente llamativos. De eso no hay duda. 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