{"id":2754,"date":"2021-03-01T12:30:02","date_gmt":"2021-03-01T10:30:02","guid":{"rendered":"https:\/\/blogs.diariovasco.com\/correo-historia\/?p=2754"},"modified":"2021-10-24T10:59:19","modified_gmt":"2021-10-24T08:59:19","slug":"la-cara-oculta-de-e-t-a-hoffmann-un-romantico-aleman-poco-romantico-1776-1822","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/blogs.diariovasco.com\/correo-historia\/2021\/03\/01\/la-cara-oculta-de-e-t-a-hoffmann-un-romantico-aleman-poco-romantico-1776-1822\/","title":{"rendered":"La cara oculta de E.T.A. Hoffmann. \u00bfUn rom\u00e1ntico alem\u00e1n poco rom\u00e1ntico? (1776-1822)"},"content":{"rendered":"<p><strong>Por Carlos Rilova Jeric\u00f3<\/strong><\/p>\n<p><img loading=\"lazy\" class=\"alignleft wp-image-2758 size-medium\" title=\"Retrato de E. T. A. Hoffmann hac\u00eda 1815\" src=\"https:\/\/static-blogs.diariovasco.com\/wp-content\/uploads\/sites\/34\/2021\/03\/Retrato-de-E.T.A.-Hoffmann-2-255x300.jpg\" alt=\"\" width=\"255\" height=\"300\" srcset=\"https:\/\/static-blogs.diariovasco.com\/wp-content\/uploads\/sites\/34\/2021\/03\/Retrato-de-E.T.A.-Hoffmann-2-255x300.jpg 255w, https:\/\/static-blogs.diariovasco.com\/wp-content\/uploads\/sites\/34\/2021\/03\/Retrato-de-E.T.A.-Hoffmann-2-768x904.jpg 768w, https:\/\/static-blogs.diariovasco.com\/wp-content\/uploads\/sites\/34\/2021\/03\/Retrato-de-E.T.A.-Hoffmann-2-533x628.jpg 533w, https:\/\/static-blogs.diariovasco.com\/wp-content\/uploads\/sites\/34\/2021\/03\/Retrato-de-E.T.A.-Hoffmann-2.jpg 1210w\" sizes=\"(max-width: 255px) 100vw, 255px\" \/>Quienes sigan habitualmente el correo de la Historia ya sabr\u00e1n que llevo meses leyendo el \u201cDiario de Mr. Pyle\u201d. Una novela hist\u00f3rica escrita por un historiador tan eminente como Alessandro Barbero.<\/p>\n<p>La raz\u00f3n por la que leo con tanta lentitud esa novela de casi 600 p\u00e1ginas, no es porque esa obra sea verdaderamente pesada. En absoluto. El \u201cDiario de Mr. Pyle\u201d es cualquier cosa menos una novela pesada y nunca se alabar\u00e1 bastante al profesor Barbero por haber abordado el tema central de la misma con tanta agilidad.<\/p>\n<p>As\u00ed es. Si algo es esa novela hist\u00f3rica de Alessandro Barbero es entretenida y divertida, pero, en mi caso, aparte de no poder dedicarle todo el tiempo que quisiera por tener que atender otros asuntos, tambi\u00e9n se da la circunstancia de que quiero leer lentamente esa novela para poder paladearla bien. Como se paladea un plato exquisito en una de esas lecturas gastron\u00f3micas de las que nos hablaba otro maestro de la Escritura y la Lectura: el tambi\u00e9n profesor italiano y autor de novela hist\u00f3rica Umberto Eco.<\/p>\n<p>Y es que el \u201cDiario de Mr. Pyle\u201d merece esa lectura pausada y lenta. Ya dije hace unas cuantas semanas, hablando de otra parte de esa novela, que Barbero nos descubre a trav\u00e9s de su personaje, el ap\u00f3crifo embajador norteamericano Robert Pyle, todo un mundo que apenas es conocido salvo por un pu\u00f1ado de expertos como \u00e9l.<\/p>\n<p>Es decir, el de las guerras napole\u00f3nicas narradas desde la perspectiva de unos nacientes Estados Unidos que, en esos momentos, s\u00f3lo est\u00e1n defendidos de todos esos problemas por la longitud del Oc\u00e9ano Atl\u00e1ntico y poco m\u00e1s.<\/p>\n<p>Gracias a esa circunstancia Alessandro Barbero hace aparecer episodios verdaderamente magn\u00edficos, y divertidos, que, as\u00ed, nos ofrecen una \u201cdescripci\u00f3n densa\u201d -como dice la Historia antropol\u00f3gica disc\u00edpula de Clifford Geertz- de aquel mundo napole\u00f3nico, merced a ese choque cultural entre Robert Pyle -un lechuguino rom\u00e1ntico a la europea pero tambi\u00e9n parte sustancial de esos ex\u00f3ticos Estados Unidos- y el viejo continente en el que arden las guerras napole\u00f3nicas\u2026<\/p>\n<p>Es as\u00ed como entramos en una Prusia que Pyle describe inmisericorde hasta en sus \u00faltimos y m\u00e1s s\u00f3rdidos detalles -la pobreza del Ej\u00e9rcito, que oculta apenas sus miserias pol\u00edticas y econ\u00f3micas, su autoritarismo y burocratismo a cu\u00e1l m\u00e1s necio para un estadounidense del 1800\u2026- y en los m\u00e1s brillantes. Como los salones de Berl\u00edn a la moda de Par\u00eds, que tambi\u00e9n existen en esa Prusia napole\u00f3nica.<\/p>\n<p>Robert Pyle llega as\u00ed hasta la Varsovia ocupada por los prusianos, siguiendo esa pauta y su recorrido por esa Centroeuropa a merced del emperador de los franceses, con el fin de mantener informado -y alertado- al Gobierno de Estados Unidos de lo que ocurre o va a ocurrir en el viejo continente. Es all\u00ed donde da con la otra cara del gran escritor rom\u00e1ntico alem\u00e1n que fue E.T.A. Hoffmann. Lo hace durante sus deambuleos por esa ciudad -Varsovia- que parece a medio camino entre la alta civilizaci\u00f3n europea -llena de palacios renacentistas de estilo italiano, pero en los que imperan a sus anchas criados desali\u00f1ados y diversos reba\u00f1os de animales- y la miseria oriental. En esos transportes por Varsovia, en efecto, Robert Pyle descubre a un curioso funcionario del gobierno de Berl\u00edn en una visita a un burdel que se ha hecho recomendar para saciar sus insaciables apetitos sexuales, esos que componen buena parte de la diversi\u00f3n de esta novela hist\u00f3rica.<\/p>\n<p>All\u00ed el embajador Pyle, mientras comienza su habitual ritual de cortejo con las profesionales que ejercen en ese establecimiento, conoce a lo que llama un \u201cextra\u00f1o personaje\u201d que viene a interponerse entre \u00e9l y Louise. La \u201cmadame\u201d que regenta aquella casa.<\/p>\n<p>Pyle describe al inoportuno personaje, que se presenta como el se\u00f1or Hoffmann, &#8220;consejero de la corte de apelaciones\u201d, en estos t\u00e9rminos: \u201cera un hombrecito de peque\u00f1a estatura, completamente vestido de negro de la cabeza a los pies: el frac, el chaleco, los pantalones, los calcetines de seda, los zapatos de charol, todo era negro\u201d. Una severa apariencia, dice Robert Pyle, que contrastaba con la expresi\u00f3n astuta del rostro y un pliegue c\u00f3mico en la boca que al embajador le recuerda, m\u00e1s que a un funcionario de un tribunal, a un actor o a un predicador.<\/p>\n<p>La conducta del consejero Hoffmann, no es menos irregular y discordante con su aspecto severo. A partir de ah\u00ed Barbero deja hablar a Pyle durante casi cinco p\u00e1ginas para describir a un E.T.A. Hoffmann que parece dif\u00edcil llegase a escribir exquisitas piezas literarias del Romanticismo alem\u00e1n. Uno de los m\u00e1s exquisitos como saben quienes hayan le\u00eddo al propio Hoffmann, a Novalis o visto cuadros de Caspar David Friedrich, por s\u00f3lo citar algunos ejemplos.<\/p>\n<p>El Hoffmann de Barbero es un bebedor impenitente y a prueba de bomba. S\u00f3lo para empezar. Adem\u00e1s lanza discursos tan poco rom\u00e1nticos como el que le larga a Louise, la \u201cmadame\u201d del burdel, ya acomodada sobre sus rodillas, se\u00f1alando que los \u201ccuidados de una ramera\u201d son necesarios para poder proseguir con las tareas m\u00e1s pesadas de la vida y que el pago que se les da no debe, pues, ser considerado distinto al que se da a un criado o a un barbero, que tambi\u00e9n proporcionan, dice ese desatado E.T.A. Hoffmann, otros servicios distintos pero igual de indispensables\u2026<\/p>\n<p>Alocuci\u00f3n a la que una extasiada Louise aplaude con un \u201c\u00a1Ah! \u00a1Hablas como un \u00e1ngel, consejero!\u201d.<\/p>\n<p>Y as\u00ed contin\u00faa la conversaci\u00f3n, o m\u00e1s bien mon\u00f3logo, de Hoffmann que divaga sobre su inter\u00e9s por el estudio y pr\u00e1ctica de la M\u00fasica -la \u201cA\u201d de E.T.A., se la puso \u00e9l mismo en honor a Amadeus Mozart-, de la estupidez de la burgues\u00eda y nobleza polaca (pese a que \u00e9l ama, a su manera, a su mujer, Mischa, proveniente de esas filas), su aprendizaje de la lengua italiana pese a despreciar igualmente a ese pa\u00eds o de las maldades de Napole\u00f3n. Censor implacable de todo aquel que ponga de manifiesto sus ambiciones imperiales.<\/p>\n<p>Todo esto regado con generosas dosis de alcohol que vuelven intelectualmente pendenciero a Hoffmann, al que el embajador Pyle consigue devolver a los brazos de su mujer s\u00f3lo con dificultad y cuando la borrachera ya es excesiva. Aunque no lo bastante como para que el plet\u00f3rico consejero Hoffmann se enfrasque en un concierto nocturno al piano, mientras Pyle se aleja de la casa del todav\u00eda no c\u00e9lebre escritor rom\u00e1ntico entre confundido y divertido por la estramb\u00f3tica velada.<\/p>\n<p>Es as\u00ed, en definitiva, como Alessandro Barbero nos ofrece aqu\u00ed un magistral \u201ctour de force\u201d mostr\u00e1ndonos a un E.T.A. Hoffmann que jam\u00e1s habr\u00edamos podido intuir tras las delicadas p\u00e1ginas de, por ejemplo, su relato \u201cEl hombre de arena\u201d. En el que se mezclan un desesperado -y bastante puro- amor rom\u00e1ntico, historias de aut\u00f3matas y personajes oscuros sacados de las profundidades del folklore centroeuropeo. Esos que el Hoffmann descrito en la novela de Barbero celebra por todo lo alto en sus expansiones carnales y et\u00edlicas durante su estelar aparici\u00f3n en el \u201cDiario de Mr. Pyle\u201d.<\/p>\n<p>No hay duda de que Barbero es ante todo historiador -y uno muy bueno- antes que novelista. Y eso es lo que hace tan valiosa esa reconstrucci\u00f3n de ese E.T.A. Hoffmann, que es una de las principales caras del Romanticismo alem\u00e1n pero que, como el profesor Barbero demuestra, tuvo otra cara p\u00fablica y personal. Acaso de lo m\u00e1s inesperada en un autor rom\u00e1ntico. Pero no por eso menos interesante y cierta\u2026<\/p>\n<!-- AddThis Advanced Settings generic via filter on the_content --><!-- AddThis Share Buttons generic via filter on the_content -->","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Por Carlos Rilova Jeric\u00f3 Quienes sigan habitualmente el correo de la Historia ya sabr\u00e1n que llevo meses leyendo el \u201cDiario de Mr. Pyle\u201d. Una novela hist\u00f3rica escrita por un historiador tan eminente como Alessandro Barbero. 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