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Jon Piorno

Detrás de los focos

Wilma Rudolph, la niña inválida que se convirtió en la mujer más veloz del mundo

  La vida de Wilma Rudolph parece haber sido sacada de una trágica y asombrosa novela en la que pese a que la mala suerte le acecha continuamente consigue realizar cosas extraordinarias. Quién diría al ver ese dulce, aniñado y sonriente rostro que esta joven había pasado por tantas penurias. En tan solo 9 años pasó de ser una niña invalida a ser la mujer más veloz del mundo, su carácter fuerte y su constancia lo habían hecho posible. ’La gacela Negra’ tal y como era apodada realizó un hito histórico en los Juegos Olímpicos de Roma que debemos recordar.

Su infancia no fue precisamente un camino de rosas, de hecho no la vivió como cualquier niño jugando en las calles, sino que la mayor parte de su niñez la pasó en la cama. Nacida prematuramente en el seno de una familia muy pobre en una pequeña ciudad de Tennessee, en una época donde la discriminación racial era más que elevada. Fue la vigésima de 22 hermanos, a los 4 años sufrió una doble neumonía, después escarlatina (una enfermedad infecciosa, aguda y febril) y dos años más tarde un ataque de poliomielitis, una enfermedad infecciosa que afecta principalmente al sistema nervioso, y que le llevó a tener paralizada una de sus piernas durante varios años, teniendo que utilizar aparatos ortopédicos para poder caminar. Y pese a todo ello en las Olimpiadas de Roma de 1960 se consiguió llevar nada más y nada menos que 3 medallas de oro: en 100m, 200m y 4×100 relevos.

Al nacer pesaba menos de 2 kilos y ya demostró ser una superviviente. En la década de los 40 todavía en los hospitales norteamericanos existía la segregación, así que no pudo ser atendida en el hospital local, en el que sólo atendían a blancos. Su padre Ed había tenido un total de 22 hijos con dos mujeres diferentes, no vivían todos en el mismo hogar pero aun así eran demasiados para una familia tan pobre. Sus hermanos se turnaban para masajear la pierna paralizada de Wilma, y su madre Blanche recorría semanalmente más de 100 kilómetros para acudir a la terapia de su hija en un hospital de Nashville.

Su lucha diaria y el tratamiento consiguieron algo que ni los médicos más optimistas predecían, a los 9 años comenzaba a despegarse de los apoyos ortopédicos de su pierna. Y dos años más tarde ya jugaba como cualquier otra niña de su edad. Sus hermanos habían colocado un aro de baloncesto en el patio de casa, y ella se enganchó al deporte. No pensaba más que en jugar a baloncesto, y pronto comenzaría a destacar en el equipo del colegio.

Pero si algo le diferenciaba al resto en el baloncesto era su velocidad. Un entrenador pronto se fijaría en ella y la alentó para que formase parte en el equipo de atletismo. Esa capacidad para correr que tenía sumada a las ganas por mejorar y por luchar le hacía ser especial, y eso su entrenador lo sabía. Cuentan que Temple, su entrenador, era bastante duro. En una ocasión Wilma se quedó dormida y llegó 30 minutos tarde al entrenamiento, por lo que el técnico le mandó dar 30 vueltas más de lo normal, el día siguiente la joven velocista llegaría al entrenamiento 30 minutos antes de tiempo. Eso dice mucho de su actitud.

En 1956 con tan solo 16 años viajaría a Melbourne para participar en los Juegos Olímpicos en los 200 metros y en los relevos 4×100. En la disciplina individual no pudo destacar pero en los relevos consiguió alzarse con su primera medalla olímpica al quedar terceras tras Australia y el Reino Unido, en un equipo formado por Isabelle Daniels, Mae Faggs, Margaret Matthews y Wilma Rudolph.

Su progresión continuaría hasta 1958 cuando se quedó embarazada. Pero su regreso fue mejor todavía, viajó a Roma en 1960 para disputar sus segundos Juegos Olímpicos, y en la capital italiana asombró y enamoró con su velocidad a todos los espectadores del atletismo. 3 medallas de oro en 100, 200 y 4×100 metros, demostrando una superioridad incuestionable.

La joven chica de raza negra se había convertido en un mito en un país racista como el de Estados Unidos. Rápidamente los políticos quisieron hacerse la “foto” con la deportista de moda, pero Wilma no iba a consentir que algunos políticos segregacionistas se aprovechasen de ella y se negaría a realizar algunos eventos a los que fue invitada. Su forma de ser valiente y luchadora había abierto camino para futuros atletas afro americanos, ya era todo un ejemplo en Estados Unidos, y para la próxima campeona Florence Griffith.

Tras estos Juegos consiguió rebajar en Stuttgart el récord mundial de los 100 metros, otra hazaña más para Wilma Rudolph. Y cuando mejor estaba se retiró, en 1962 con tan solo 22 años de edad. Comenzó a trabajar como entrenadora, comentarista deportiva, además de cuidar de sus cuatro hijos, y realizar diferentes labores sociales como la creación de la fundación sin ánimo de lucro Wilma Rudolph para deportistas aficionados.

Falleció en 1994 con 54 años de edad por un cáncer de garganta y un tumor cerebral, nuevamente las enfermedades volvían a su vida pero esta vez no habría cura para una mujer que nos dejaba algo más que 3 medallas de oro y récords mundiales. Su recuerdo quedará guardado como un ejemplo de superación, de lucha y de entusiasmo. Incluso se ha hecho una película biográfica protagonizada entre otros por el ilustre Denzel Washington, en uno de sus primeros papeles.

El deporte es la perfecta excusa para contar impactantes historias que las cámaras no llegan a captar.

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