Hace tiempo que se le esperaba y por fin ha llegado. Y lo ha hecho para quedarse. Un ejemplar de buitre leonado posó ayer para las cámaras en un balcón del barrio donostiarra de Amara.
En esta misma web, hay fotos a disposición de los interesados, pero baste decir que el porte de su cuello, el lustre de su plumaje y, en general, su saber estar permiten asegurar que en nada tiene que envidiar a algunas de nuestras mejores familias. En cuanto a la elección de un barrio tan acomodado y rico en oficinas bancarias como Amara, el hecho debe entenderse como un paso más en la evolución de las especies.
Las dudas surgen a la hora de interpretar una imagen tan ambigua desde el punto de vista iconográfico. ¿Acaso la campaña antifraude de la Diputación comienza a dar sus primeros frutos o se trata de un heraldo del impuesto municipal sobre las basuras? ¿Un alto ejecutivo disfrutando de la jubilación anticipada o quizás un turista gastronómico, atraído por el famoso “como aquí no se come en ninguna parte”? ¿Se trata del ojeador del Athletic o tan sólo acude a sumarse al centenario de la Real al rebufo del olor a cadáver? En resumen: ¿viene a sumar -y en tal caso, ongi etorri- o, por el contrario, sólo aspira a ejercer su cuota de eso que llamamos el liderazgo compartido?
Sea como sea, se avecinan tiempos nuevos. Los cambios climáticos, las subidas de las mareas y la inopinada aparición de especies exóticas invitan al optimismo. De hecho, San Sebastián, que empezó el siglo como candidata a Capital Cultura, puede terminarlo convertida en reserva natural de la biosfera.
Mientras tanto, acojamos a nuestro buitre como lo que es, uno más, portador de los valores que nos han hecho grandes a los guipuzcoanos. A saber: discreción y laboriosidad, cultivo de la cuadrilla y, en la mesa, un paladar exquisito.