Tras despedir a unos cuantos de sus periodistas locales, el periódico británico ‘The Guardian’ ha publicado esta semana un anuncio en busca de blogueros que se ocupen de esas información. Empezarán por la ciudad de Leeds, pero las previsiones pasan por extender la experiencia a otras ciudades.
El anuncio, publicado por supuesto en la edición impresa, asegura que la formación periodística de los candidatos “es deseable, pero no esencial”. Es el paso previo a la siguiente etapa del proceso, en la que saber leer y escribir sólo será una opción.
Todo esto, que se vende bajo la etiqueta de ‘el futuro del periodismo’, es en realidad la ausencia del mismo. Los cambios no obedecen a la necesidad de mejorar, sino a la de ahorrar. Es, en otras palabras, el periodismo basura, que si no está ya aquí, al menos anda merodeando la puerta.
Lo que tantos y tantos especialistas etiquetan como la evolución natural de la profesión, fruto de la necesidad de adaptarse a los nuevos tiempos del siglo XXI, no pasa de ser una vuelta a los formatos del siglo XIX. Y además, aún hemos de contemplar cómo cualquier director de un portal con visitas millonarias imparte conferencias bajo títulos tan pomposos como “éxito en la crisis”, justo en vísperas de recortar su plantilla en un, pongamos, 80%.
Y tiene suerte ‘The Guardian’ de que tanto los partidos políticos como las empresas privadas sean a día de hoy monstruitos anquilosados y sin reflejos, porque en otras circunstancias ya habrían respondido a su oferta de trabajo con un ejército de infiltrados, encargados de contaminar sibilina y gratuitamente con publicidad encubierta las nobles páginas del rotativo.