Ni el politólogo más exigente en cuestiones de pluralidad reivindicaría la creación del enésimo partido vasco con el objetivo de atender a todas las sensibilidades políticas. Menos aún en la bancada nacionalista, cuya formación hegemónica es capaz de atender -tanto sucesiva como simultáneamente- desde la posición más radical hasta la más inequívoca vocación pactista.
Y sin embargo, hay que saludar la creación oficial de Hamaikabat como un paso adelante en la dirección correcta en el camino hacia esa utopía que se resume en el lema “un hombre, un partido”, en línea con lo que vienen siendo unos convenios colectivos cada vez más individualizados. En ese proceso, la retención de cargos es la fase previa a la acumulación de fuerzas.
En Euskadi, los partidos no se escinden, sino que sufren mutaciones, como los virus. La aparición de una nueva variedad no implica necesariamente la desaparición del original, sino que más bien conduce a convivir con un nuevo peligro. La vacuna contra la gripe no exime de la vacuna contra la gripe A. Valga también el ejemplo para ilustrar las diferencias entre pandemia y plaga.
Ningún partido está en condiciones de certificar la consolidación de un espacio electoral propio hasta que ha sufrido, al menos, una escisión. Esta doctrina ha alumbrado la mitad de las siglas que concurren a los comicios en el siempre convulso mapa electoral vasco.
De mantenerse la tendencia hasta el infinito, llegará el día en el que los partidos deberán recurrir a los servicios bien de un cirujano, bien de Jack el Destripador, para formalizar estas rupturas, dado el irrefrenable gen atomizador que padecemos y que parece conducirnos inexorablemente a un escenario cuando menos confuso: “Un hombre, dos partidos”.