Tiger Woods se ha cargado de un plumazo la arraigada superstición puritana en torno a los supuestos efectos benéficos del deporte, no ya para el cuerpo, sino también para el espíritu. En realidad, lo ha hecho con un par de golpes magistrales.
El primero fue permitir que se destapara su atribulada agenda erótico-emocional, un ejemplo acabado de eso que algunos llaman doble vida y otros consideran , simplemente, la punta del iceberg.
El segundo, al dejar claro desde el primer momento que cualquier intento de recuperar su vida famiiliar es incompatible con seguir trabajando, así sea en el mundo del deporte. Tiger ya ha anunciado que dejará a un lado los palos para volcarse de lleno en la reconstrucción de su matrimonio. La doctrina Woods abre las puertas a justificaciones la mar de creativas: “Soy un mezquino, pero únicamente porque trabajo demasiado”.
Por lo demás, en lo que se refiere a leyendas vivas y todo eso, el hombre está ya amortizado. Ha recorrida cada estación de penitencia de eso que llaman el sueño americano, primero luchando por triunfar, luego alcanzando la cima y finalmente disculpándose por el desenfrenado ritmo de vida que se practica allí arriba.
En Estados Unidos no has triunfado hasta que te ves obligado a solicitar el perdón colectivo por tus reiteradas ofensas a la patria. Una arraigada tradición que han contribuido a engrandecer actores, actrices y estrellas en general, amén de un sin fin de congresistas -la mayoría republicanos-, sorprendidos en baños públicos, sórdidas webs o el apartamento de su secretaria. Bill Clinton es su santo patrón.
Tiger Woods se retira para convertirse en mejor persona. Hay que desearle mucha suerte. Se va aburrir como un hongo, pero puede que consiga depurar su corazón. Sólo queda desearle que algún día vuelva al mundo de la alta competición. Aunque ya no dé una a derechas, al menos, su decadencia resultará ejemplar.