Lo malo de estar continuamente publicitando citas definitivas con la Historia es que el resultado casi nunca está a la altura de las expectativas y deja tras de sí una sensación de vacío.
En el caso de la cumbre de Copenhague sobre el cambio climático, anunciada previamente como la última oportunidad de la Humanidad para salvarse a sí misma y saldada finalmente con un fracaso completo, surge una duda: ¿debemos seguir empeñados en tares como la del reciclaje de residuos o la suerte está ya echada?
Con la UE en el papel de pasmarote y los países en desarrollo recordando que sólo reducirán sus emisiones cuando se conviertan en países desarrollados, Estados Unidos y China han llegado al firme de compromiso de seguir haciendo básicamente lo que les apetezca, es decir, lo mismo que hasta ahora.
Frente a la teoría de que los gobernantes del mundo son unos malvados que actúan bajo los dictados de las grandes corporaciones y al margen del interés de la inmaculada ciudadanía, surge la duda en torno a si estos mandamases no serán los perfectos intérpretes de nuestros deseos más inconfesables.
¿Le interesa algo el calentamiento global a la masa de personas que vive con un dólar al día? ¿A qué estaríamos dispuestos a renunciar los ciudadanos en nuestro estilo de vida? ¿Quizás a los muy contamiantes viajes turísticos en avión? ¿Soportaría la economía mundial y especialmente la de algunos países pobres pero turísticos semejante desplome de una de sus principales industrias?
Entre las pulsiones autodestructivas y el deseo de sobrevivir, lo más probable es que acabemos administrando miserias. Si la temperatura sigue subiendo y el nivel del agua se eleva unos metros, haremos balance de daños, encontraremos otra forma de capear el temporal y acto seguido, continuaremos a lo nuestro. Posiblemente, con un par de nuevos contenedores en la calle.