Ha llegado el momento de estar alerta porque no podemos permitir que el Gobierno utilice Afganistán y las pensiones para distraernos de los temas realmente enjundiosos, por encima de todos ellos, el fútbol. Y la Liga está a punto de arrancar. Lo sé porque he visto que los periódicos deportivos ya andan regalando el preservativo oficial del Fútbol Club Barcelona.
La vida útil del ciudadano medio consiste en perorar entre semana sobre las alineaciones más adecuadas, las estrategias más idóneas y las trayectorias más acreditadas para, una vez llegado el domingo, pulverizar con rabia el boleto de la Quiniela, que rarísima vez supera los cinco resultados acertados.
No cabe esperar grandes cosas de esta Liga empobrecida: el único equipo que se ha permitido un gran desembolso en materia de fichajes rutilantes ha sido el de Deportes de la Cope. El resto deberá conformarse con las habituales incorporaciones ignotas disfrazadas de hipérbole.
En el centro de toda esta tormenta se sitúan la infancia. Desde un punto de vista puramente local, la temporada comienza al parecer con el objetivo absurdo de que a su término los niños guipuzcoanos hayan cambiado sus camisetas del Barça por las de la Real, una quimera porque si hay algo que cautiva a los enanos es ganar siempre y si hay algo que aborrecen es perder por costumbre. Al menos, contamos en el banquillo con un hombre que, según propia confesión, cayó en Paulo Coelho y, sin embargo, demostró que también de ahí se puede salir.
Y si resulta inevitable que el fútbol sea una escuela de vida, hay que evitar por todos los medios el mal ejemplo que supone la supuesta compra-venta de partidos a final de temporada. ¿Por qué dejarlo todo para el final? ¿Acaso no sería mucho más práctico hacerlo al principio? Y luego hablaremos de la importancia de arrancar con un buen colchón de puntos…