En tanto se asienta en Euskadi el tiempo de la paz definitiva, entretendremos la que se presume una larga espera con la celebración del congresos internacionales trufados de personalidades de relumbrón. Así lo anunció ayer el lehendakari con la presentación de un Congreso sobre la Convivencia y la Memoria, cuyo acto central, ‘La cultura toma la palabra’, le pillará probablemente de viaje por Estados Unidos, siguiendo ya una asentada tradición vasca.
El objetivo de este encuentro es la elaboración de un «relato veraz de lo ocurrido en Euskadi en las últimas décadas. Para ello, se ha invitado a gente de la talla de Susan Sarandon, al director de ‘Inside Job’ y al escritor Antonio Tabucchi, que explicarán sus experiencias en Hollywood o los horrores de la industria editorial. Asímismo, a poco que se tuerzan las cosas, vendrá también Stéphane Hessel, el nervioso anciano que acuñó la indignación. Además, la lista de participantes está aún abierta, por lo que no conviene descartar incorporaciones de última hora, incluida de la del matrimonio Elvira Lindo. Finalmente, si cualquiera de ellos fallara, se echaría mano de Meryl Streep, que estará calentando la banda por si fuera necesario echar mano de sus dotes mimético-interpretativas.
En coherencia con la consolidada idea de que aquí no ha habido una guerra, se ha invitado también a numerosos expertos en conflictos bélicos y hasta habrá exposiciones de fotografías tomadas en el frente, todo al amparo del 75 aniversario del bombardeo de Gernika -en el lenguaje de los comisarios de arte, ‘Guernica’-. Si todo sale bien y de creer a PatxiLo, 2012 será el año en el que no se cerraron las heridas en falso.
Se trata, en definitiva, de la enésima entelequia, centrada en este caso en la elaboración de un relato común para uso y disfrute de una sociedad plural. Con el objetivo de resolver esta ecuación, contaremos con la presencia de intelectuales y creadores que no saben gran cosa de Euskadi o España, circunstancia que siempre ayuda a clarificar las ideas. No obstante, ante el riesgo de que se pierdan en divagaciones o, peor aún, ventilen el encuentro en media hora, estarán en todo momento asistidos por librepensadores vascos, que se encargarán de enmarañar minuciosamente los debates con cuantos matices hagan falta para impedir que el listado de conclusiones vaya un paso más allá de las socorridas generalidades habituales. En este asunto, la experiencia demuestra que contra menos se sepa, mejor. Ahí radicó el éxito de la Conferencia de Aiete, de creer a quienes rehusaron participar en ella.
Y aunque las comparaciones son odiosas y aquí se trata de fomentar los afectos, lo cierto es que la Conferencia de Aiete exhibió un par de ventajas sobre la que organiza el Gobierno Vasco. La primera es que mientras aquélla contó con la presencia de políticos, como su propio nombre indica, gentes avezadas en el arte de la trapacería y el engaño, ésta reunirá a intelectuales comprometidos, un sector que desde que su invención a finales del siglo XIX se ha pasado la vida apuntándose a un bombardeo, valga la expresión. La segunda afecta a los tan mentados costes de manutención de los invitados y tampoco ahi se vislumbran mejoras sobre la experiencia previa de octubre pasado porque así como los políticos y mediadores internacionales comen y beben hasta reventar, los intelectuales han acreditado sobradamente que pueden seguir haciéndolo incluso después de la deflagración gástrica.
A todo esto, los españoles que padecieron Guerra Civil, postguerra y transición tienen que estar flipando ante la gestación de conceptos tan pasmosos como ‘cultura para la convivencia’, por poner un ejemplo.