A la luz de los éxitos que la feliz combinación de hacker y policía ha arrojado en la lucha contra las webs pedófilas, los vigilantes se han animado a extender esta práctica a otros ámbitos de la actividad delicitiva, empezando por la del narcotráfico. El objetivo inmediato es que cada cual vigile a los demás como a sí mismo; a largo plazo, se trata de convertir la investigación en algo superfluo dado que cada cual se denunciara a sí mismo, confesando mediante un sencillo correo electrónico.
Decía Jean Cocteau que entre los perros y los gatos prefería los segundos porque nunca había oído que existieran gatos policía. Hay que reconocer que del perro-policía al agente-tuitero hay un paso en la escala evolutiva. Falta por determinar si hacia arriba o hacia abajo, dado que a los canes se les gratifica al menos con una lata de carne picada.
Hay algo maloliente en los llamamientos policiales a la colaboración ciudadana para combatir el delito cuando no se formulan sobre casos concretos, sino en su versión genérica. Dada la posibilidad de incurrir en la denuncia errónea, el dilema que se plantea es elegir entre ejercer de buen ciudadano o conformarse con ser un simple conciudadano.
Dice la Policía que está abierta a cualquier dato sobre el tráfico de drogas, sea a gran escala o en su versión minorista. Dar por hecho que los demás conocemos lo que ellos ignoran podría interpretarse de que abundan entre nosotros los clientes de este negocio. Si es así, constatar que las sospechas viajan por carreteras de doble dirección, ya que el correteo de sustancias prohibidas en el interior de espacios tan herméticos como las prisiones hace presagiar lo peor en materia de complicidades.
La iniciativa ha sido bautizada con el imaginativo nombre de ‘tweetredada’, una denominación que por sí sola ya te hace sentir, si no ciberculpable, al menos sí sospechoso.com. En cuanto al prójimo, la detenida observación de cualquier vida ajena alumbra aspectos a simple vista inexplicables, un anuncio de que, en efecto, toda existencia alberga zonas oscuras. De hecho, en estos momentos no se me ocurre nadie más sospechoso que los 99.000 seguidores de la cuenta twittera de la Policía. Si estuviera de uniforme, empezaría a investigar por ahí.