1) Cualquier asalariado dispone de abundante munición contra sus representantes sindicales y la usa en voz alta e indiscriminadamente, no es momento de caer en injustas casuísticas que tan sólo servirían para empañar las cómodas generalizaciones. En cambio, nadie escuchó jamás de boca de un empresario una mala palabra sobre la CEOE, Confebask o Adegi, así estén presididas por un Díaz Ferrán, actualmente inmerso en un rosario de procesos judiciales por varios presuntos delitos, todos ellos, de carácter económico. La solidaridad de clase funciona como nunca antes, pero sólo en lo alto de la pirámide social.
2) Todo trabajador está convencido de que cada uno de sus compañeros trabaja la mitad, de que la baja por enfermedad es una dolencia propia de vagos, de la emigración ha llenado el mundo de competencia desleal, de que cada preceptor de ayudas sociales es un defraudador y cada parado, un trabajador ‘sumergido’. Por el contrario, a ningún emprendedor se ocurriría poner en solfa la honradez de sus colegas, por más que la media de los ingresos declarados por la patronal ronde el salario mínimo interprofesional. Ningún empresario mostrará en público su irritación por el comportamiento fiscal de sus iguales, ni por el reparto palmariamente fraudulento de ayudas en concepto de formación, ni por el cobro de increíbles subvenciones a una inexistente inversión en innovaciones tecnológicas. Esta situación facilita sobremanera que los recortes en materia de derechos laborales vayan siempre en la misma dirección, desde el momento en el que cuenta con garantías de aclamación unánime por parte de todas las partes implicadas, especialmente, la de la más perjudicada.
3) Se ha instalado en la clase media occidental el convencimiento de que sus derechos son el fruto de una abnegada lucha que personalmente llevó a cabo en tiempos un tanto remotos, lo cierto es que ya no logra recordarlos con precisión, pero que, en efecto, tuvo lugar. Lo cierto es que el estado del bienestar se instauró tras la II Guerra Mundial bajo amenaza de un comunismo que se había tomado ya media Europa y albergaba ciertos visos de prosperar en la otra media. La seguridad social, la enseñanza pública, la sanidad universal, las vacaciones pagadas, los cruceros low cost, las estaciones de esquí masificadas, la segunda vivienda, el tercer coche y la vida en una pantalla de plasma son el cinturón de seguridad con el que los asalariados fueron amordazados. En realidad, nadie aquí pagó precio alguno por todo esto, lo cual nos impide estimar, siquiera aproximadamente, el valor real de todo lo arrebatado ahora que ha llegado su obsolescencia.
4) El año en el que la indignación popular cuajó bajo el inocuo formato del 15-M, la izquierda se hizo de derechas y la derecha obtuvo la mayor victoria electoral de su historia reciente. Con eso está todo dicho. Las condiciones objetivas demostraron que el pueblo estaba maduro para aceptar las mayores cotas de sacrificio al módico precio de alguna acampada y un hipotético día de huelga general que, en cualquier caso, le costará dios y ayuda convocar por un temor bien fundado al fracaso. La posibilidad de un paro inquieta tanto a la patronal como la abstención a la clase política: ni el uno reducirán sus beneficios -un vez descontados los salarios-, ni la otra verá mermados los 350 escaños a repartir.
5) Conclusión: los parias de la tierra ya no se ponen en pie ni para ceder asiento en el bus a las embarazadas, la famélica legión padece ahora sobrepeso por el consumo habitual de comida basura y el género humano ya no es La Internacional, sino el Canal Internacional. Sólo a partir de la descripción precisa de la desagradable realidad se puede operar sobre ella. El resto es jugar a la Wii.