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Alberto Moyano

El jukebox

El dinero mejora la calidad de nuestros embustes

Los ricos son peores personas es la forma piadosa de decir que las peores personas suelen ser más ricas. Es más: los pobres comprenden que la insolvencia moral sea el precio a pagar para prosperar en la vida, lo que jamás aceptarían es el comportamiento crápula en uno de sus iguales. Colocados ante dos mentiras flagrantes, somos más propensos que creer ciegamente en la que tenga mayor respaldo económico. Los ricos no deben afrontar semejante dilema moral porque tal y como dejó escrito Balzac, “detrás de toda gran fortuna se esconden uno o varios crímenes”. Un par de siglos después, la sentencia del escritor francés sigue reduciendo enormemente las posibilidades de encontrar a un acaudalado magnate intentando pasar por el ojo de una aguja.

Para descubrir esta obviedad, una universidad californiana ha realizado siete experimentos cuyos resultados, publicados en un revista científica, son concluyentes: las personas de clase alta son más propensas a violar las normas, dicho sea en lenguaje estupefaciente. Lo cierto es que es precisamente  la violación de las normas la que facilita el acceso a las clases altas. Los resultados del estudios certifican que la fórmula del éxito funciona por igual en todos los individuos, lo que remite a la verdad bíblica de que dios nos hizo a todos los seres humanos igual de pérfidos, sin distinción de género, etnia, orientación política o creencia religiosa.

El estudio parte de bases erróneas para llegar a conclusiones acertadas. Así, sostiene que los individuos de clase alta son más propensos a engañar, robar, mentir y tomar decisiones poco éticas, pero todo esto tan sólo demuestra que el éxito está vinculado a la capacidad de adaptación. Cualquier trabajo de campo sobre jugadores de mus demostraría que casi siempre ganan quienes mejor saben ocultar sus cartas. Rara vez se puede envidar con la verdad por delante porque sería estéril en el mejor de los casos, suicida en cualquier otro supuesto.

En contra de lo que pueda parecer, el estudio no tira por tierra las ventajas de una educación infantil basada en la sinceridad, la honradez y el comportamiento recto. Al contrario, apuntala la conveniencia del doble discurso basado en decir una cosa y hacer la opuesta, una lección que los niños aprenden rápidamente tanto en el colegio como en el hogar.  Ya desde pequeños hay que inculcarles que tanto a profesores como a progenitores les resultará mucho más sencillo perdornarles diez mentiras que una sola verdad. En todo este juego, el triunfo absoluto no consiste en engañar sin que nadie se dé cuenta, sino en conseguir que los demás depositen una confianza ilimitada en tus mentiras. La propia publicación de este absurdo estudio lo demuestra.

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