Por supuesto, la inocencia de la infanta Cristina todavía es una posibilidad, aunque convengamos en que más bien tirando a remota. Proceder a la defensa de la más improbable de las hipótesis tan sólo exigiría asumir con fanatismo salafista que el Instituto sin ánimo de lucro Nóos -al frente de cuyo consejo se sentaba la susodicha- y la empresa Aizóon -de la que era copropietaria- saquearon las arcas públicas sin su concurso, cuando su presencia en todo este entramado es precisamente el único factor que explica los contratos que su marido negociaba a cambio de organizar todo tipo de misas negra, tanto deportivas como de las otras. También habría que obviar su titularidad en las cuentas bancarias en las que se consignaban los ingresos y soslayar las pertinentes consultas que el duque emPalmaDo evacuaba con su alteza vía email. No sólo eso: un hipotético relato exculpatorio requeríría dibujar a una Familia Real en la que el soberano se incomunicaba con su hija Cristina a través del secretario de Elena, todo ello, en una Zarzuela sin periódicos, ni conexión a internet. En resumen, la presunción de inocencia es gratuita, pero su proclamación en firme exige sacrificar eso que entendemos por racionalidad en los altares de la razón de Estado. La realidad supera a la ficción, pero jamás la contradice.
Ante la imputación de la infanta, la Casa del Rey comunica esa enorme sorpresa que, curiosamente, jamás manifestó ante la compra por parte de los duques de Palma de un palacete cuyo precio excedía ampliamente el presupuesto anual asignado a la monarquía. Al expresar de forma simultánea su sorpresa ante la actuación del juez y su respaldo al recurso de la Fiscalía, el rey se está colocando no ya frente, sino contra la ciudadanía, que lo interpreta justo al revés: apoyo sin fisuras al instructor y estupor ante la maniobra de Anticorrupción. Por cierto, hablamos de una Fiscalía que aún no ha atinado a explicar qué encuentra de extraño en la imputación de la mujer de Urdangarín que no hallara en la de la señora de Diego Torres.
Cuando don Juan Carlos recitó en televisión aquello de que “la justicia es igual para todos” cometió un error de cálculo porque pensó que lo entenderíamos en el contexto mágico de una felicitación navideña, pero hubo al menos un español, el juez Castro, qué casualidad, que lo interpretó en clave de exhortación a llegar hasta el final. Cuentan que cuando una reina pilló a su marido con otra mujer en la cama, exclamó: “¡Me has sorprendido!”, a lo que el rey infiel replicó: “No, tú me has sorprendido a mí; yo te he asombrado”. Lo peor de todo para su majestad es que entre Corinnas entrañables, cacerías vergonzantes, comisiones inexplicables, herencias por declarar y patrimonios inconfesables el socorrido “esto no es lo que parece” ha dejado de ser una opción.