No te preguntes qué puedes hacer por España, sino qué puede hacer Gibraltar por ti. Agotada la ‘indignación’ revolucionaria, enmarañado el separatismo catalanista en corruptelas varias y con la cuestión de ETA cotizando a niveles de ‘bono basura’ y a la baja, el Peñón vuelve a la actualidad en un penúltimo intento de cohesionar el territorio mediante el odio al enemigo común, el mejor pegamento a la hora de amalgamar esta especie de país.
Lo que sucede es que no da la talla. Alguien inventó el cero para expresar con un guarismo el desinterés de la ciudadanía por el devenir de Gibraltar en 2013. Hablar de ‘guerra’ resulta hilarante, añadirle el adjetivo ‘fría’ es una vergonzante fórmula que intanta camufla la inopia general. En cuanto a la solidaridad de clase, se supone que nadie esperará a estas alturas que los españoles hagan por los 6.000 pescadores de Algeciras los sacrificios que no han hecho ni por los seis millones de parados. Sinceramente, su destino nos resulta marciano, que tengan que faenar entre bloques de hormigón nos la trufa.
Sólo los ilusos que aseguran que la UE jamás admitiría en su seno una Cataluña independiente creen aún en un Gribraltar español. La resistencia de los ‘llanitos’ debe entenderse en clave de cordura. En realidad, vivimos bajo una administración que nació de un malentendido, ningún colectivo quiso nunca ser español. La excepción quizás fueron los saharauis y así acabaron, dado el carácter profundamente ingrato de la madre patria. Si atendemos a las enseñanzas impartidas por Sacheri y Campanella en ‘El secreto de sus ojos’, uno puede alterar su aspecto, modificar sus costumbres, cambiar de idioma y hasta de amor, pero siempre se mantendrá fiel a su equipo de fútbol. En este punto, los triunfos de ‘La Roja’ jamás se han celebrado en el Peñón. He aquí el argumento definitivo que debería sofocar cualquier ardor ministerial a la hora de jugar a los Revertes.