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Alberto Moyano

El jukebox

Cosas que hacer con los muertos si estás vivo

Las cosas están así: la presidenta de la AVT es una víctima del terrorismo islámico, aunque rara vez haga referencia al yihadismo. Su ‘número dos’ no consigue acreditar su condición de víctima de un atentado que se produjo en 1987, a consecuencia del cual sufriría supuestamente unas secuelas mentales que la psicóloga de la Asociación negó que existieran, circunstancia que provocó su expulsión del organismo. Los tres testigos llamados a acreditar su versión tampoco logran demostrar su presencia en el lugar de los hechos. Sí parece más cerca de probarse su implicación en una red de tráfico de armas organizada en comandilla con otros guardias civiles. Hay víctimas de una organización terrorista que se declaran víctimas de otra, cabría preguntarse por qué razón. Hay atentados cuya autoría permanece medio siglo después sin aclarar, como el costó la vida al bebé Begoña Urroz, atribuidos a ETA por Covite en el necesario, aunque maltrecho, Mapa del Terror en el que se carga el asesinato del cartero José Antonio Cardosa en la cuenta de los GAL, lo que obligaría a reescribir la historia de esta organización parapolicial, dado que oficialmente su última víctima fue García Goena en 1987 y el atentado contra el joven errenteriarra tuvo lugar dos años después. Hay atentados fallidos, como el cometido en el ascensor del campus vizcaíno de la UPV / EHU cuya autoría está clara pero del que se reclaman objetivos dos personas diferentes y enfrentadas entre sí por este motivo. Hay atentados atribuidos a ETA que, excepcionalmente, sí fueron condenados por la misma izquierda abertzale a la que se exige que condene los atentados de ETA.  Hay algún concejal remoto que se secuestró a sí mismo. Y amén del lamentable cruce de acusaciones sobre la utilización política del dolor con fines electorales, hay también dudas en torno al censo y la financiación de varias organizaciones de víctimas, según denuncias formuladas en el propio seno de esos colectivos.

Quienes desestiman la necesidad de una Comisión de la Verdad en el País Vasco que -bajo ésa o cualquier otra denominación- fije la realidad de los acontecido no saben lo que dicen. Si la sociedad está en deuda con las víctimas, cualquier ensayo de saldar ésta pasa obligatoriamente por el esclarecimiento de la verdad en cada caso.  De lo contrario, estaremos condenados al estrambote, del constituye un simple ejemplo el hecho de que el único dirigente político que el mismo día de autos le dijo a Ángeles Pedraza la verdad sobre la autoría del atentado en el que falleció su hija Myriam fuera Arnaldo Otegi.  La mutua admiración que a día de hoy se profesan Pedraza y el entonces presidente Aznar cierra esta sinfonía circular del dolor.

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