No sé gran cosa sobre el ébola, de modo que si toca escribir de enfermedades infecciosas elegiré como tema España. Aquí la atención secundaria es siempre primaria y la primaria, primitiva. El problema de este país es, en primer lugar, de autoestima. En todo español anida la falta de orgullo, sólo así se comprende que a semejantes tasas de donación de órganos le corresponda el absoluto desentendimiento del sistema público de salud inherente a la mayoría absoluta del PP. Por cierto, no vivimos las consecuencias de la época de recortes, sino las de los tiempos de bonanza. Se podía haber invertido en investigación, pero se prefirió regalar cheques-bebé. Nunca hemos perdido la ocasión de desaprovechar una oportunidad. Habitamos en el territorio de la mezquindad, así que en una sociedad en la que todo el mundo agazapa en la boca un «yo también lo haría si pudiera», ¿cómo no considerar cualquier forma de altruismo o voluntariado un grave síntoma de déficit de atención cognitivo? En cifras, el drama se resume a grosso modo en que hay más españoles que saben vestirse de torero que ponerse el traje protector, por citar dos maniobras para las que no hace falta un master.
España se odia y sólo se redime en el odio, por eso jamás hubo forma legal de dejar de ser español. En esto recuerda a la leprosería de ‘Ben-Hur’: para irte, te tendrás que escapar. Si las declaraciones del consejero madrileño de Salud las hubiera realizado un médico francés, ahí hubiésemos rugido como un solo hombre. No digamos nada si la sabandija que las profirió fuese un catalán. Las generalizaciones, lo sé, son injustas, pero también lo fue liquidar a ‘Excalibur’, que no murió tanto por perro como por español, es decir, sin una explicación racional. Para concluir: que todo un eminente doctor diga que tiene la vida resuelta y que incluso encima parezca convencido de sus palabras dan la medida de la inopía y el desconocimiento en torno a los estragos de la edad y los últimos avances médicos en materia de cuidados paliativos. Puede que llegue el día en el que Javier Rodríguez secrete involuntariamente por todos sus orificios, es decir, igual que ahora, pero sin micrófonos ni cámaras delante.