Y por segunda vez, tampoco en esta ocasión me encontraba allí en calidad de obsequio, sino de nuevo como empleado. En realidad, no era una juguetería propiamente dicha, sino un gran almacén central desde el que se distribuían los juguetes a todos los establecimientos de la cadena. Lo cual no quitaba para que también hubiera venta directa a clientes particulares, a precios rebajados. Mi misión era… nunca lo supe exactamente. Lo mismo montaba triciclos que ordenaba estanterías y, sobre todo, reponía. Cualquiera que haya trabajado en una gran superficie sabe que lo más importante es reponer, da igual el qué, sólo importa el dónde: en la estantería correspondiente. Este hecho obedece a que el cliente es un ser de natural tiránico, que llega cargado de exigencias y se marcha cargado de regalos, y desea que entre una cosa y otra transcurra el menor tiempo posible. También me encargaba de probar que los juguetes se encontraran en perfectas condiciones de funcionamiento tras su compra y antes de su salida del almacén, lo cual implicaba peleas con los vestidos de las muñecas y búsquedas un tanto nerviosas –y para qué negarlo, embarazosas– del orificio por el que se le introducían las pilas, que lo mismo podría localizarse en el pecho, la espalda o los glúteos, en este último caso, con la correspondiente bajada de bragas, pañales, etcétera. Al menos, no había que envolver los juguetes, cosa que agradecí dada mi turbia experiencia del año anterior con el indómito papel de regalo.
Finalmente, me encargaba también de vigilar. En cuanto se adentraba por los pasillos del almacén un grupo de clientes, a ojos de la hija del dueño, de perfil sospechoso –pongamos una familia de gitanos–, aullaba: «¡¡¡Síguelos y nos los pierdas de vista!!!». He de decir que jamás les vi robar nada, bien porque eran gentes honradas, bien porque apenas entraban se desperdigaban por cuantos pasillos y recovecos tenía el almacén, careciendo yo del don de la ubicuidad. Sí era frecuente encontrar cajas vacías, sin su juguete dentro, en lo que ahora interpreto como una forma de hurto que actualmente se conoce como «intercambio de archivos» y que se adelantó a internet en varias décadas. Aquellos pequeños robos eran obra, ahora estoy seguro desde la experiencia que me han dado los gurús, de los clientes que mejor vestidos iban.
A veces me escaqueaba no sé si vil o hábilmente, lo confieso. Me iba al fondo del almacén para fumar un cigarrillo. En las tres semanas en las que permanecí en aquel almacén, hice comunidad: otros clientes se animaban a fumar conmigo, ocultos junto a la pared del fondo, tras preguntar ellos si se podía y responder yo que «sí, mientras no nos vean». Como quiera que era un empleado eventual, carecía de mi propia chaquetilla que me identificara como parte del personal del almacén, así que llevaba una prestada, en cuyo bolsillo figuraba el apellido de su anterior propietario: un tal Salinas. «¡Eh, Salinas, ¿puedo fumar aquí contigo»? Fueron varias las veces en las que estuve a punto de aclarar que no era ese mi apellido real, pero la perspectiva de embarcarme en largas explicaciones me terminaron disuadieron en todos los casos.
El 5 de enero era el día de la mala conciencia y de las pilas. La primera oleada de clientes la componían los que comprobaban a última hora que los regalos que con tanta antelación habían comprado no eran suficientes, a la luz del árbol de Navidad. Y venían a por más, en un estado cercano a la desesperación. Quiero decir que se llevaban cualquier cosa que les ofrecieras, y creédme si os digo que a estas alturas de la Navidad ya no quedaba mucho que ofrecer. El segundo grupo llegaba tras la cena. Eran los que habían olvidado comprar pilas y su fidelidad era tal que ese día se daba por descontado que saldríamos más tarde.
En rigor, he de decir que el fenómeno de las pilas se dio más en la tienda de Egia –de la misma cadena– en la que había trabajado el año anterior. Una vez cerrada la juguetería, la encargada de la tienda y yo permanecimos en el interior hasta las doce o la una, levantando ocasionalmente la verja de la puerta para despachar baterías de todos los formatos y tamaños. Para hacer más amena la velada, el marido de la encargada y un amigo del matrimonio se acercaron hasta la juguetería con un par de botellas de champán. Y hete aquí que, hablando de una cosa y de la otra, se cerró un círculo, cuando el marido contó cómo, varios años atrás y encontrándose con el capó del coche abierto y encorvado sobre el motor, escuchó una voz que le preguntaba: «¿Qué? ¿Avería?» A lo que respondió: «No, es sólo que hace un ruido raro». «¿Pero anda?», insistió la voz. «Sí, sí, por ahora tira». «Pues anda, métete dentro, que somos de ETA y necesitamos su coche». Y en efecto, lo necesitaban. Tras llevarle al monte y dejarlo atado a un árbol sin carné de identidad ni de conducir, cargaron el coche de explosivos y lo colocaron en el Paseo del Urumea, en donde lo detonaron al paso de una furgoneta de la Policía Nacional, sin que el atentado causara víctimas mortales.
«Lo recuerdo perfectamente», hube de responder al término del relato. «El alerón de tu coche voló por encima del campus donostiarra de la Universidad de Deusto, así como buena parte del colegio addjunto, hasta caer en el foso de arena para salto de longitud –que raramente se utilizó en los años que pasé en aquel colegio–, situado junto al campo de fútbol de grava. Semanas después, el propietario del coche recibió una carta firmada por ETA en la que, tras una prolija explicación sobre las razones que había obligado a despojarle del vehículo, se le anunciaba una futura compensación económica que, por supuesto, nunca tuvo lugar. El alerón fue la atracción de la tarde para los niños del colegio hasta que alguien, supongo que la Policía, vino a llevárselo. Dicho lo cual, los cuatro brindamos por todo en el interior de una juguetería iluminada en medio de una calle silenciosa.
Y nada más, este es mi cuento de navidad de este año.