Hay que insistir una vez más: España padece un serio problema autoestima que se traduce periódicamente en arrebatos de cólera. El pasado sábado, en el diario de mayor tirada del país, el periodista formulaba al general cuatro estrellas Julio Rodríguez una pregunta rocambolesca en el contexto de cualquier democracia, ni siquiera de las muy avanzadas: “¿Y usted cree que sus compañeros militares aceptarían sin más que los catalanes decidieran separarse de España?”. Al día siguiente, ayer, Manuel Vicent columneaba en el mismo periódico en torno al exceso de eufemismos que, a su juicio, rodea el proceso catalán e instaba a llamar a las cosas por su nombre: “Sarajevo” era el tabú por el que apostaba Vicent, pero lo mismo podría haber sido “Srebrenica”. ¿Por qué no? La pregunta del periodista sobre si los militares españoles “aceptarían sin más que los catalanes decidieran separarse de España” no deja de ser otro eufemismo, por cuanto todos sabemos que ese “sin más” sustituye a “sin pasar por las armas a cuantos consideren convenientes”.
Que el común de los españoles, incluidos sus medios de comunicación, tengan interiorizado en su ADN que el Ejército actuará, de proceder, por su cuenta y riesgo al margen de los poderes ejecutivo, legislativo o judicial -y la pregunta tal como estaba formulada es inequívoca en ese sentido- es un delirio que certifica hasta qué punto no es tan cierto que los pueblos que olvidan su historia estén condenados a repetirla como que los que no lo hacen están condenados a obedecerla. En un bucle sin fin. Decía ayer Vicent en su columna “Qué pasará” que “vecinos serbiobosnios (sic), que una semana antes se pedían el perejil o un poco de sal, sin saber la razón, comenzaron a sacarse unos a otros los ojos con un tenedor”. El escritor valenciano debería haber sido más preciso y haber aclarado que sin saber la razón quizás él, porque que ésta figura con nitidez en las crónicas de la época, quizás ya hasta en los libros de historia. Por cierto, ni en el caso de la desintegración de la antigua Yugoslavia se contempla como mera hipótesis la posibilidad de que el Ejército actuara al margen de las órdenes de Belgrado. Decir “Sarajevo” es decir nada si a continuación no explicas quién va a ejercer aquí y ahora de general Mladic, de primer ministro serbobosnio Radovan Karadzic o de presidente serbio Slobodan Milosevic. Todo esto es una desmesura, por supuesto, pero basta comprobar quién la trae a cuento para determinar por parte especialmente de quién.