La ausencia de un proyecto colectivo medianamente creíble y viable en torno a la igualdad o al reparto equitativo de la riqueza que ofrecer a las sociedades ha conducido a las fuerzas progresistas adentrarse en el terreno de la homeopatía ideológica. En un ejercicio de ilusionismo que ya les gustaría a algunos que fuera colectivo –pero que lógicamente no cuela–, el sátrapa sirio no es un heredero vicario del poder de su padre, sino un presidente elegido por el pueblo; el lamentable Maduro se ha convertido en un líder emancipador y lo mismo da que el pobre produzca vergüenza ajena; y el idolatrado inquilino del Kremlin, imperialista de manual, profundamente xenófobo e incurable machista, se traviste en una suerte de «a falta del PCUS, es lo que hay». Y lo más gracioso de todo, sin pretensión alguna de serlo por parte del interesado. Asistimos incluso a la reivindicaciones póstumas del hilarante histrión libio y del señor que tuvo que tapiar la frontera para que no se le vaciara un país.
Basta balbucear cuatro improperios dignos de un lactante en contra de Estados Unidos, la UE y la OTAN para encaramarse como referente de la izquierda, lo cual evidencia hasta qué punto se ha quedado -por el momento- sin nada que ofrecer a la sociedad. Carente de predicamento entre las clases populares, va siendo paulatinamente sustituida por la ultraderecha y sólo encuentra un cierto eco en las ‘elites ilustradas’ que, por lo demás, sólo disparan con pólvora del rey. Lo que nació como un proyecto estrictamente materialista y científico cosido a la realidad se ha convertido en una rama del esoterismo, capaz de rendir culto a la personalidad de un pelele o de plantear una batalla ideológica sobre la posibilidad de recibir mensajes de ultratumba por medio de pajaritos. Todo se reduce a la utilización de ‘fascista’ y ‘antifascista’ dentro de los más estrictos límites de la frivolidad. «Antifascista», se autoproclaman algunos todo el día y todos los días, aunque siempre ante nadie. Y para una vez que por fin se topan de bruces con el fascismo en estado puro en forma de clérigos monoteístas con cinturón-bomba y kalasnikov, resulta que su apuesta es reeditar el pacto Ribbentrop-Molotov.
Quienes proclaman que la socialdemocracia –hoy en día, una palabra carente de significado– es la antesala del fascismo deberían echar un ojo al curso de los acontecimientos, así en los antiguos países de la órbita soviética como en los tradicionales feudos del comunismo francés, los unos y los otros, nidos ultraderechistas en la actualidad. La esperanza no ha mutado en decepción, sino en pavor. Sin nada que proponer de cara al futuro, éste se convierte de repente en una amenaza porque implica cambios que siempre van a ser a peor, ya sean climáticos, en las pensiones o en la inmigración. Ahora mismo, la izquierda es un boxeador tan grogui que sus puñetazos tan sólo alcanzan al árbitro o al propio mánager, Como un borracho tratando de llegar aún no se sabe si a casa o al próximo bar, se mantiene a duras penas en pie abrazada a cuantas farolas encuentra a su paso. Lo malo es que son tiempos de penuria, incluso de indigencia: Maduro, los Kichrner, Vladimir Putin, Bashar al-Ásad y Hamas encabezan la lista de ídolos. Si lo vieran, Marx y Engels saldrían eyectados de sus tumbas.
El resumen audiovisual es éste: