Alberto Moyano
Nuestro amigo había sido detenido en cuantos controles policiales había
encontrado en su vida. Y le gustaba. Policía Nacional, Guardia Civil,
Ertzaintza, Miñones y hasta Mossos d’Esquadra –durante unas vacaciones
en la Costa Brava– habían tenido ocasión de sacarle del coche y pedirle
el DNI a lo largo de los años. Hasta que en el verano de 1998, no sé
sabe muy bien la razón, la cosa cambió y nuestro amigo comenzó a pasar
los controles sin despertar el más mínimo interés entre los
uniformados. La cosa despertó la guasa de su cuadrilla y nuestro amigo,
decidido a desafiar su destino de no-sospechoso, comenzó a pasearse
frente al Gobierno Civil fumándose un porro y ante el cuartel de la
Ertzaintza, con una especie de capucha negra asomando del bolsillo
trasero. No hubo tema en todo el verano. Los agentes le ignoraban. Así
las cosas, subió la apuesta. Pidió prestado a un amigo borroka un coche
lleno de pegatas reivindicativas, se rapó la cabeza, sustituyó las
gafas por lentillas, se vistió con la camiseta de un grupo radical,
localizó un control de la Ertzaintza y hacia allí se lanzó con una
cinta de La Polla Records sonando a toda pastilla en el radio-casette.
Nuestro amigo se relamía: «Ahora sí, ahora que me paran por huevos». Al
llegar a la altura del control, el ertzaina, en lugar de ordenarle que
se detenga a un lado, baje del coche y se identifique, le sonríe
mientras le indica con la mano que siga. Contrariado por el fracaso,
nuestro amigo –en realidad, fan de Supertramp– apaga con rabia la
música, pone la radio y escucha: «según un comunicado remitido a (…)
la banda terrorista ETA ha decretado la puesta en vigor de una tregua
indefinida y sin condiciones bla, bla, bla…»
Éste es uno de los veintitantos relatos del libro Mentiras, mentiras,
mentiras que Iban Zaldua presenta esta tarde en Donostia (Fnac, 19.00
horas).