“Quiero que primero me congelen el sueldo y que después me lo recorten, igual que si fuera un pie de himalayista. Cuando ZP dijo que no había crisis y que si la hubiera, en ningún caso la pagarían los que no la habían provocado debimos sospechar que algo iba mal. Al fin y al cabo, dos negaciones conforman una afirmación. Los políticos siempre hacen lo contrario de lo que dicen, pero lo cierto es que nunca antes habían tardado tanto en completar la maniobra giratoria.
Quiero que me bajen el suelo porque me siento fuera de lugar y quiero además que lo hagan cuanto antes, a poder ser, mientras sube el IVA, se desploma el consumo, se encarecen las hipotecas, se quiebra la caja única de la Seguridad Social y me instan a contratar un plan privado de pensiones.
Los periódicos vienen hoy ricos en zetapeína. Hay que ser muy desalmado para que no se te parta el corazón con el desgarrador relato de cómo un presidente del Gobierno tuvo que tragarse sus palabras, menú tan targo como el de una boda y casi igual de indigesto. Después de eso, sólo un completo egoísta reivindicaría aún subidas salariales, así sean del IPC + 0,1.
Y qué decir de Rajoy, un hombre que pasará a la historia como el inventor de nuevas formas de perder las elecciones y de degradar el índice de confianza en los políticos hasta niveles desconocidos. Cómo no empatizar con Mariano, el famoso caramelo a la puerta de un colegio, condenado esta vez a quedarse ahí de por vida.
En definitiva, quiero pagar mi cuota de responsabilidad. Desde la serenidad democrática, que me bajen el sueldo o que me lo suban escandalosamente, esto último, de cara por supuesto a un ulterior incremento de la presión fiscal sobre las rentas más altas.
Y todo esto lo hago por amor a los mercados, los únicos en toda esta historia que nunca nos han engañado. Es muy duro ser los mercados. Esa incertidumbre en torno a qué pasará mañana, esa volatilidad de los valores de referencia, ese permanente desasosiego… Quién no ha estado a ras de los parqués no lo sabe bien”.