Ya ha comenzado en La Zurriola el montaje del escenario, graderío y
demás instalaciones del Concierto por la Paz, más conocido como el
concierto de Dylan. El hombre de Minessota estrenó anoche su
mini-spanish-tour con un concierto en Girona en el que las constantes
vitales del artista se han mantenido: sentado a los teclados en un
segundo plano, detrás de un guitarrista y su repertorio de clásicos
reinventados. Ni una mirada al público, ni una palabra entre canción y
canción. Lo habitual.
Dicen los de la organización del concierto donostiarra que negociar con
el aparataje de Dylan es como hacerlo con una piedra, no se sabe si
rodante o no, pero piedra al fin y al cabo. Lo cuentan así: al parecer,
lo que más le gusta al artista es echar la bronca a alguno de los
múltiples miembros de su equipo.. Cada día a uno. Ayer al de sonido,
hoy al de las luces, mañanaal roadmanager y pasado al de prensa. Así
toda la gira. Ante este panorama, el personal sabe que va a haber
bronca y su única preocupación es que no le caiga a él. Para
conseguirlo, todos ponen dificultades a todo. El resultado es una pared
de obstáculos: que si no se puede hacer fotos, ni grabar, ni poner a la
prensa a la derecha, ni tampoco a la izquierda, que si saldrá a las
nueve, que si luego se irá zingando… En definitiva, un pequeño
infiernillo dylaniano.
Dice la organización que se esperan a unos 50.000 espectadores en La
Zurriola, aunque puestos en plan bruto, calculan que a lo largo y ancho
de la playa, que tendrá su bajamar a eso de las 21.45 minutos del
martes, podrían instalarse hasta 240.000. Definitivamente, demasiada
gente para tan sólo 215 WC.
¿Qué predominará? ¿Las ganas de ver a Dylan, más Laboa, Javi Pez y
Macaco, todo por la cara, o la inmensa pereza que despierta la
perspectiva de enfrentarse a miles y miles de curiosos, australianos de
sanfermím, dylanianos de última hora y señoras donostiarras en un
ambiente que recuerda al del concurso de fuegos artificiales?
Obviamente, la opción correcta es la primera.