Con buen tino y ese profundo conocimiento de la naturaleza humana que le permitió ganar con mayoría absoluta las últimas elecciones a las que se presentó, Francisco Camps proclamó ayer ante el tribunal: “Supongo que mis ciudadanos querrán que vaya bien vestido”. Sin duda, así debe ser a la luz de la papeletas introducidas en las urnas. Olvida, sin embargo, el ex presidente valenciano que no se juzga su dudoso buen gusto estético, sino a cuenta de quién corría tanta etiqueta. En un rapto de optimismo sin base real, habrá que felicitarse por el hecho de que en el jurado no figure John Galiano, sino un selecto grupo de contribuyentes.
Ni la corbata, ni el corte principesco de su traje evitaron, por otra parte, que de su boca salieran expresiones tan exquisitas como “te quiero un huevo” o “hijo de puta”, esta última, dicha en el mejor de los sentidos. En el país europeo con más desempleados y billetes de 500 euros acumula, Camps confesó que jamás pagaba con tarjeta de crédito, ni pedía un tique cuando realizaba sus compras. Probablemente, se puede ser un gañán y, a la vez, caer rendido de admiración ante el talle de los trajes de Galiano.
Hasta aquí el estudio de las formas, un conjunto de protocolos que permite que se nos trate como a idiotas sin que se note que lo somos. También Iñaki Urdangarín, el hombre que rebajará el estatus de la Familia Real a Familia Kennedy, viste siempre de forma impecable, en especial, cuando sale a hacer foting en chándal, la prenda carcelaria por excelencia. Su educación es señorial, sus formas, impecables. Sin embargo, ya hay informaciones que apuntan a que usó una fundación para niños discapacitados a la hora de evadir fondos a Belice, en una maniobra que evoca poderosamente aquél alzamiento de bienes a los huérfanos de la Guardia Civil atribuido a Roldán, en puridad, un palurdo.
España ha mejorado notablemente en materia de etiqueta, que no de ética, en las últimas décadas. De la foto de El Lute brazo en cabestrillo y custodiado por dos agentes de la Benemérita a la de la reina acompañando a los duques de Palma Arena en Whasington apenas han transcurrido cuatro décadas. Hemos sido pasto de un desarrollo democrático impecable porque examinando detalladamente ambas fotos se observa que no sólo los presuntos delincuentes retratados han prosperado en materia de imagen, también lo han hecho sus acompañantes. Comparen a cualquier guardia civil de hoy con aquellos picoletos de ayer.
Cada vez que escucho que a alguien “le han perdido las formas” ya sé con certeza que la oración servirá para eludir el fondo, siempre mucho más engorroso. Las formas son esa cortina de humo que el fondo utiliza para deslizarse sibilinamente a la zona de sombras, su territorio natural. La teoría de que el traje mejora a la persona que lo porta, el envoltorio luce más que el regalo y el corte de pelo se impone el cerebro nos trajo hasta aquí. Todo esto no son más que prejuicios expresados bajo una falsa nobleza. Sin embargo, diremos que la culpa fue del estilista. Educadamente, eso sí. Recemos para que todo esto no quede archivado judicialmente por fallos de procedimiento.