Hace unas semanas el programa de Teledonosti ‘Keridos Monstruos’ pasó de debatir en torno a los años ochenta a hablar del Festival Rompeolas, con apenas un breve intervalo publicitario entremedio. Sin entrar en detalles, lo dejaremos en que para este último la sensación de ‘décalage’ resultó un tanto cruel.
Parece que fue ayer, pero han pasado ya dos años desde la primera edición del festival de culturas ciudadanas vinculado a la candidatura de Donostia 2016. Desde entonces, el Rompeolas ha conseguido que el ciudadano de a pie –en Donostia, de bidegorri– se despoje del pudor que habitualmente le atenaza. En este punto, recordar que nuestro exacerbado sentido del ridículo nos ha cerrado muchas puertas a lo largo de la historia. Por otra parte, hay que reconocer que, al igual que sucede con el miedo, es un excelente mecanismo de supervivencia.
En cualquier caso, Rompeolas se ha ajustado como un guante al carácter donostiarra. La programación permite combinar el arte de mirar fijamente con la pasión por exhibir habilidades y mañas, de tal forma que ya sea en un terreno o en otro, todo el mundo puede dar rienda suelta a sus pasiones. Y encima, las olas de energía ciudadana no sólo consumen combustibles fósiles. Baste recordar a las masas ¿interpretando? a Beethoven en pleno Alderdi Eder… En fin, aún me pregunto dónde se meten los jurados internacionales cuando se les necesita…
Por el camino, el 2016 y el Rompeolas han conseguido también el más difícil todavía: integrar a la disidencia. Lo sé porque me ha pasado. Y si bien en un principio no es que me cautivara la iniciativa, hoy es el día en el que puede confesar abiertamente que sigo igual. Y después de estos dos intensos años, no es poco.