Igual que hay parejas en escombros que deciden tener un hijo en un intento paradójicamente estéril de superar su crisis matrimonial, los hay empeñados en salvar el planeta aún a costa de convertir cada casa en un centro de interpretación del Diógenes. El interminable debate que Gipuzkoa mantiene en torno a la gestión de los residuos sólidos urbanos -llamada basura antes de que la programación televisiva y la comida rápida patrimonializaran el término en régimen de exclusiva- reposa sobre nuestra ya legendaria capacidad dialéctica a la hora de llamar a las cosas por su nombre eufemístico, mejor cuanto más ingenioso.
Las posiciones pueden ser encontradas, pero el combustible fósil -prohibido su vertido al aire libre- que las alimenta es siempre el mismo. Llámenlo ‘miedo’ -día de recogida, todos los lunes junto con el aceite de la sartén-. Así, por un lado, la incineradora vendría a ser una suerte de ensayo nuclear cotidiano que tarde o temprano terminará devolviéndonos al planeta de los simios. Por el otro, la recogida ‘puerta a puerta’, que según sus detractores, augura el advenimiento del un nuevo régimen de corte estalinista.
En torno a esto, germina toda una línea de complementos -a depositar los jueves- que se venden bajo las denominaciones más rimbombantes e ingeniosas: así, uno dice “planta de compostaje” o “tratamiento mecánico-biológico” y parece que está declamando un poema dedicado a la madre Tierra que le parió, instalaciones todas ellas completamente inocuas, al parecer, y ensayadas con gran éxito de crítica y público en territorios que no por ello renuncian a su media docena de incineradoras, véase Cataluña.
En opinión de la Diputación Foral de Gipuzkoa y los ayuntamientos guipuzcoanos que la respaldan, cuando la basura entra por la puerta, debe salir por el mismo lugar, aunque el amor salte por la ventana -recuerden que los preservativos usados se recogerán los martes-. Hoy es el día en el que no se sabe por qué razón el debate no pivota entre dos sistemas de recogida o dos de finalización, sino sobre uno de cada categoría, el ‘puerta a puerta’ en el primer caso, la incineración, en el segundo. Así, nos aseguramos que el diálogo sea de besugos (recogida de espinas, los miércoles). A todo esto, alguien debería explicar qué pasa con la capital guipuzcoana, un tercio de la población total del territorio, una vez constatada la inviable implantación del Atez Ate.
El sistema defendido por Bildu adolece de lo que presume: la responsabilidad personal. Así, la loable implicación de cada uno en la recogida selectiva se contradice con la imposibilidad de pronunciarse, como pueblo, al respecto. En otras palabras, estoy dispuesto a adoptar cualquier sistema de gestión de residuos siempre y cuando sea decisión popular expresada mediante sufragio universal directo y secreto -recogida de papel, los sábados-. Reclamo un referéndum, eso que históricamente se llamaba “devolver la palabra al pueblo”, y lo hago, no en nombre de un sistema u otro, sino en el de mi inalienable derecho a que no me vuelvan loco cada cuatro años
Como veterano fumador -recogida de colillas para compostaje, todos los domingos- y usuario del transporte público -combustible biodegradable-, puedo soportar perfectamente cualquier acusación de estar cargándome el planeta, a condición de que no me la formule algún alto cargo foral propietario de un Alfa Romeo y dos Lancias, chatarrones llamados a terminar algún día en el desguace (abierto de lunes a viernes, de 9.00 a 18.00 horas, sábados por la mañana, hasta las hora de comer).