La última explosión de genuina alegría colectiva que nuestra civilización aún está en disposición de ofrecer corresponde al lanzamiento de una nueva tableta táctil; la Navidad es tan sólo el sucedáneo de un atavismo cuya credibilidad cada año cuesta más esfuerzo mantener en pie.
Los medios de comunicación informan sobre el primer nacido en 2013 para que no nos preguntemos quién ha sido el primer muerto del año.
Nos definimos mucho más por lo que no somos que por lo que somos: nadie se considera pijo, nadie se considera choni, nadie se considera culpable, nadie se considera consumista, nadie se considera ordinario, todo el mundo se tiene por ecologista, todo el mundo se considerada víctima inocente de algo o de alguien.
Las frases de autoayuda empiezan justo allí donde terminan los argumentos. Han pasado cinco años y aún hay quién sostiene, en contra de toda evidencia, que crisis y oportunidad vienen a ser la misma cosa.
Cada “feliz año nuevo” retumba en nuestros tímpanos como la última detonación de la tanda de petardos y cohetes de anoche, cuya ausencia quién sabe si nos impedirá hoy conciliar el sueño, tal es el estruendoso silencio que dejan a su paso.
El optimismo tiene mucho prestigio, pero también sus limitaciones: a todas las personas que mueran en 2013 les habrán deseado hoy “feliz año nuevo”.
Te dirán que el destino está aún por escribir y puede que sea cierto, pero qué más da si lo único seguro es que utilizará comic sans.
Una vez descartada la salida social a la crisis, ya sólo queda la evacuación en turbamulta, estilo Madrid Arena, al grito de ‘sálvese quién pueda’, con víctimas aplastadas, perfecta desorganización, servicios seguridad en pánico, irregularidades varias y en medio de la indiferencia general. La música seguirá sonando en todo momento para evitar que se extienda el caos.
La sociedad del espectáculo ha ganado la batalla desde el momento en el que las manifestaciones de protesta se han convertido en flashmobs con las víctimas de los ERE’s bailando disfrazadas y las celebraciones se han transformado en disturbios y cargas policiales sin que en todos los casos sea posible diferenciar los unos de las otras. Por cierto, la batukada es la tuna del siglo XXI.
Toda violencia es fraticida y lo que es aún peor: poco rentable. Todos los seres humanos somos hermanos y casi todos clientes de Inditex. Con independencia del sexo, religión, nacionalidad o creencia política, no hay ninguna causa que justifique que un cliente de Zara elimine a otro. Cuando matas a una persona no sólo le estás privando de todo lo que se ha comprado, sino también de todo lo que podría haberse llegado a comprar.